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Taberna: El más pesado de los pesos  

Fernando Clavijo M. | 01.10.2015
La comida puede producir muchas cosas, entre ellas una sensación de bienestar, y puede servir como una especie de cura para la nostalgia por el pasado.

©iStockphoto.com/cat_arch_angelHace algunos años, una amiga francesa me preguntó cómo era América Latina, y en particular México; le respondí que nada funcionaba y que reinaba el caos, pero que en general éramos felices. “Ah, entonces es lo opuesto a Francia”, me dijo.

Me pregunto qué tanto esa felicidad sigue caracterizando a los mexicanos, si algo ha cambiado o si he cambiado yo. De cierta manera, pensar en un lugar o en alguien es recordar, y más que eso es remitirse al pasado, con todas las desviaciones que eso implica: no solo omitimos detalles, sino que los suplimos con representaciones e inferencias, casi siempre sin darnos cuenta. En ese pasado estamos sanos, somos jóvenes, todo es más sencillo. Tal vez por eso una mayoría electoral favoreció al PRI en las elecciones federales de 2012, para volver a una felicidad mal recordada.

El retro, que responde a la nostalgia pero también es parte integral del funcionamiento de la moda —que no siempre puede innovar hacia delante—, toca a votantes y toca a la comida. Seguramente el ejemplo más famoso es la madeleine de Proust, pero hoy en día lo vemos en el resurgimiento de las recetas de cocción lenta, platos de inmigrantes, hornos de leña, cócteles como el gin-tonic (tal vez la bebida más imperial, aunque valdría la pena recordar que la quinina está tan contraindicada para embarazadas como la ginebra), la vajilla de la abuela. Todo esto nos invade desde nuestra propia historia, con la diferencia de que esta es una historia medio inventada también, pero colectiva.

Una especie de memoria colectiva conserva en Rusia la comida francesa de otra época. Visitar el Café Pushkin en Moscú es viajar en el tiempo (digamos, al periodo anterior a 1917), con platos franceses que difícilmente encontraría uno en la Francia moderna: pescado relleno bañado en salsas cremosas, adornos como tejas, vaquitas y granjeros hechos en la panadería del local, vegetales esculpidos en flores. Hasta hace poco, la comida española de nuestro país parecía sacada de una maleta, con restaurantes que ofrecían tortilla de patatas, chistorra, paella y pacharán en un mismo menú de lugares comunes.

La moda utiliza el retro para reinventarse, como es el caso de la comida italiana en Estados Unidos, con platos seudotípicos como espagueti con albóndigas, o la contradicción de términos del pollo alla cacciatora, que después de haber sido abandonados por restaurantes neoauténticos que sirven pastas artesanales (entre más desconocidas mejor, como strozzapreti y quadrefiore) y achicoria roja con aceite, ahora han vuelto reciclados. Pero siempre en el retro hay una pequeña traición: como con los recuerdos más preciados, contarlos los marchita.

En ese país, la Universidad de Cornell condujo una investigación sobre 193 últimas comidas de presos condenados a muerte, es decir, quienes están en la famosa death row. En general, los reos pidieron platos caseros, como carne, hamburguesa, pollo frito, helado, algo que, por supuesto, tiene que ver con la población estudiada. En ese sentido, vale la pena mencionar que una lista similar publicada en la página web del Departamento de Justicia Criminal de Texas, donde se enumeran comidas solicitadas por reos ejecutados a partir de 1974, incluye bastantes enchiladas, tacos y frijoles refritos, lo que habla de un nuevo protagonista demográfico en las prisiones estadounidenses donde, como es bien sabido, encarcelan desproporcionadamente a los segmentos menos exitosos de su sociedad. Este tipo de comida se conoce en ese país como comfort food, y denota de nuevo un arranque nostálgico del que pocos escapan. Incluso el famoso vampiro de Düsseldorf pidió wienerschnitzel.

Camus dijo que el asesinato de Estado es éticamente peor que el individual. En México no existe la pena de muerte —aunque haya sido promovida por facciones de la derecha— pero desafortunadamente eso no significa que el que nada debe nada teme de parte de la fuerza pública. El presidente Calderón, creo que inspirado por George W. Bush, hizo una declaración de guerra —solo que no a un grupo hostil al otro lado del mundo sino a sus propios conciudadanos— que ha cobrado innumerables vidas, muchas de ellas sin proceso legal.

Volviendo a la felicidad de los mexicanos, es inevitable pensar en la agresividad creciente de los habitantes de la Ciudad de México, en su desencanto y en el cinismo al que conduce. Elena Ferrante hace una reflexión sobre la tragedia de Elisa de Tiro —o Dido— según Virgilio, en la que pierde a Eneas y eso destroza su vida. Una de las protagonistas de la escritora dice, en La amiga estupenda, que una ciudad sin amor es infeliz, y aplica la sentencia a Nápoles y a la violencia que reinaba en sus calles luego de la Segunda Guerra Mundial. Ineficiencia. Mafias. La conclusión, tristemente relevante para México, es que dicha falta de amor hace que la vida de los habitantes de la ciudad se vuelva, al igual que la de la propia ciudad, estéril. 

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Fernando Clavijo M. es consultor independiente y autor del libro cinegético Marismas de Sinaloa.

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