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Identidades subterráneas: El rock del establishment  

Bruno Bartra | 01.01.2016
Identidades subterráneas: El rock del establishment  

En este 2016 que apenas inicia se celebrará medio siglo de algunos de los lanzamientos más importantes del rock: a mediados de 1966, salió al mercado Revolver de los Beatles, álbum que con frecuencia ha ocupado alguno de los primeros tres sitios en las listas de los mejores discos de la historia del rock de diversas revistas especializadas. El álbum sentó un precedente en cuanto a técnicas de grabación y efectos de estudio, al mismo tiempo que fue el célebre trabajo en el cual la banda inglesa integró a su música el sitar de la India, junto con algunos elementos de estructura musical de dicho país. Es precisamente esa actitud la que resultó fundamental para la música popular en su momento, y desde entonces hasta nuestros días. Además de cortes de rock sesentero extraordinarios, tales como “Taxman” o “Doctor Robert”, en el mismo álbum están “Eleanor Rigby”, pieza que cuenta con un octeto de cuerdas como instrumentación, y “Love You To”, primer esfuerzo serio de George Harrison por componer y tocar una pieza siguiendo los lineamientos de la música clásica indostánica.

Esas dos piezas mencionadas marcan la actitud de la banda británica por establecer puentes sonoros y culturales entre distintas regiones, y fomentar la experimentación musical; si desde sus inicios ya habían pescado los sonidos que llegaban del otro lado del Atlántico (el blues y el rock and roll), ahora hacían lo propio con la música de la India, que sonaba tan exótica para el escucha occidental. Ese mismo año salió una de las piezas más célebres del rock, “Paint It Black” de los Rolling Stones, quienes se habían inspirado para ella precisamente en las primeras experimentaciones de los Beatles con el instrumento indio.

La experimentación que permeaba en el ambiente llevó a la creación de los “álbumes concepto”, y en 1966 salieron tres de ellos que también marcaron la pauta hacia el futuro: Freak Out! de Frank Zappa & The Mothers of Invention, con una certera crítica al sistema de estrellato del mundo del espectáculo estadounidense; Pet Sounds de Beach Boys, que ubicó a Bob Wilson como uno de los grandes cantantes del rock; y Face to Face de los Kinks, con su integración de sonidos hawaianos y asiáticos en algunas piezas, así como una descripción vívida de la sociedad inglesa en sus letras.

Los discos conceptuales, junto con las experimentaciones de Revolver, crearían una tendencia de fusionar géneros, así como de romper con las formas musicales establecidas, que derivarían en el auge del llamado rock progresivo, por un lado, y en una constante retroalimentación con el avant garde de la posguerra. Esta actitud hacia la creación que permeó la música popular en 1966 generó toda una visión en la cual el mismo rock ejercía una autocrítica y la ruptura con generaciones previas, dando pie a géneros y subculturas como el punk, metal y hardcore, o incluso la música electrónica de la década de 1990, y las diversas manifestaciones de música popular de todo el mundo congregadas bajo la etiqueta de world music.

Sin embargo, hoy, a medio siglo de aquellos lanzamientos, cuando el rock hace tiempo se ha convertido en la música que domina el mercado anglosajón, su sonido se ha convertido en una especie de establishment musical, que debe ser reproducido por cuanta banda surja. También es necesario distinguir la manera en que la industria ha explotado aquellos elementos que implicaban proeza artística, cultural y contestataria, o autenticidad. El espontáneo surgimiento de la Beatlemanía sirvió de modelo para que las grandes disqueras crearan el concepto de las boy bands, en el cual generan bandas de jóvenes como New Kids on the Block, nsync, Backstreet Boys, Menudo o, más recientemente, One Direction, a los cuales se les generan historias y personalidades que amoldan con los sueños y aspiraciones de la población adolescente, en particular la del sexo femenino. El aspecto contestatario y rebelde del rock, que en su momento contribuyó a romper las barreras musicales, impulsar la revolución sexual, y hacer mella en la cultura patriarcal, o más adelante llevó a la renovación musical —con el punk, el grunge y el house, por ejemplo—, fue adoptado como una etiqueta comercial jugosa, tal como lo criticaron Joseph Heath y Andrew Potter en su libro Rebelarse vende.1 Así, las grandes disqueras salieron a la caza de —o se inventaron— artistas “contestatarios”, y han echado en dicha bolsa a intérpretes que van desde Gloria Trevi hasta Miley Cyrus. Todo ello se realiza en pos de dotar de “autenticidad” artística a estos proyectos, en este caso, generar una historia falsa o distorsionada de un creador, precisamente para ocultar una realidad que podría revelar un trasfondo comercial y no “auténtico” en el proyecto musical. Han sido célebres los casos en los que dichas fachadas han caído, como los de Milli Vanilli y Vanilla Ice.

El furor musical creativo de hace cinco décadas marcó la pauta para los creadores posteriores, pero también ha dado herramientas para generar productos similares —lo “mismo”, pero más caro—, que al final minan todo aquello contra lo que fueron los pioneros de 1966: la música como un producto comercial, como “circo” —dentro de la dualidad panem et circenses—, como una práctica musical desprovista de experimentación y, ante todo, como un vehículo para establecer valores de manera irreflexiva, sin cuestionarlos. En 2016, la esencia renovadora y experimental del rock de 1966 no se encuentra en el rock —ni en la música pop—, sino en otros géneros.  ~

 

1 Reseñé dicho libro brevemente en este espacio: Este País, no. 23, agosto de 2007, pp. 19-20.

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Escritor, sociólogo y DJ, BRUNO BARTRA ejerce desde 2000 el periodismo en medios como Reforma y Replicante. Es miembro fundador del grupo musical La Internacional Sonora Balkanera.

Twitter @brunobartra.

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