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Unos versos de Juan Ruiz de Alarcón

Diego Rodríguez Landeros | 06.08.2015
Unos versos de Juan Ruiz de Alarcón

Empeñosos y diversos han sido los argumentos esgrimidos para demostrar que la obra de Juan Ruiz de Alarcón —dramaturgo nacido en Taxco en 1580 y muerto en Madrid en 1639— es uno de los primeros ejemplos de literatura genuinamente mexicana escrita en español. Desde los homenajes oficiales hasta las lecciones académicas, todo indica que debemos sentirnos orgullosos de este genio vernáculo, sin embargo, conviene tener en cuenta lo que Antonio Alatorre señaló en un breve pasaje de Los 1001 años de la lengua española, que Juan Ruiz sólo escribió un pequeñísimo y muy forzado guiño de colorido mexicano en toda su extensa obra. ¿Intentaba así ocultar su cognación americana ante el público ibérico que asistía a sus representaciones dramáticas? Imposible saberlo y estéril devanarse los sesos chovinistas con la intención de averiguarlo. Por el contrario, lo realmente fecundo es decir unas palabras acerca del contenido de dicho guiño pues constituye —además de una muestra de la adulación que sin escrúpulos practicaban en esa época los escritores— una estupenda puerta para comprender un hecho histórico cuyas consecuencias me sumen en la tristeza cada vez que camino por las calles secas de esta ciudad fundada sobre lo que antes fue hermoso valle lleno de agua.

Aquí el guiño mexicano: en el acto primero de la comedia El semejante a sí mismo (redactada por Ruiz de Alarcón más o menos entre 1611 y 1616), los personajes don Juan, don Leonardo y Sancho entran al escenario y festejan el excelente tiempo que hace en Sevilla durante el mes de abril, clima al que consideran la octava maravilla del mundo. A raíz de eso, discurren sobre otras maravillas y cada uno expone las que, a su juicio, son las mejores. Don Leonardo zanja la discusión con un discurso de sesenta y tres versos laudatorios (los que van del verso 57 al 120) en los que habla de su maravilla, que es (¡oh sorpresa casi cómica para los lectores actuales que conocemos la verdadera historia del asunto!) el desagüe del Valle de México. Primero narra las peligrosas inundaciones que la capital de la Nueva España, establecida sobre un lago, sufría con las inundaciones:

 

México, la celebrada

cabeza del indio mundo […]

tiene su asiento en un valle

toda de montes cercada

que a tan insigne ciudad

sirven de altivas murallas.

Todas las fuentes y ríos

que de aquestos montes manan,

mueren en una laguna

que la ciudad cerca y baña.

 

Luego dice que gracias a las gestiones del inigualable virrey don Luis de Velasco y Castilla el segundo (“el gran marqués de Salinas, / de Velasco heroica rama, / símbolo de la prudencia”) se solucionó el estragador problema que amenazaba con sumergir a la ciudad:

 

después de mil consultas

de gente docta y ancïana,

cosmógrafos y alarifes,

de mil medidas y trazas,

resuelve el sabio virrey

que por la parte más baja

se dé en un monte una mina

de tres leguas de distancia,

con que por el centro de él

hasta la otra parte vayan

las aguas de la laguna

a dar a un río arrogancia.

 

Según don Leonardo, mil quinientos peones en trabajo continuo durante tres años completaban un túnel revestido de “cantería inmortal” por donde saldría el agua para salvar la ciudad, dar “eterna paz al reino / y a su autor eterna fama”. Al terminar de hablar, quizá por la manera declamatoria en que lo hizo, don Juan le contesta, persuadido: “Tan insigne maravilla / muy justamente se alaba / por la primera del mundo”.

Hasta ahí el único guiño vernáculo (según Alatorre) en toda la obra de Juan Ruiz de Alarcón. A partir del verso 121, el desarrollo dramático de El semejante a sí mismo olvida por completo la mención mexicana, olvido que resalta su condición de parche innecesario y fuera de lugar que, no obstante su arbitrariedad —o quizá gracias a ella—, resulta una veta de incógnitas sabrosas para los lectores curiosos: ¿por qué Alarcón la escribió? ¿Cómo fue el tan celebrado desagüe de México? ¿Con las mentadas obras emprendidas por el virrey se solucionó en verdad el problema de la ciudad? ¿Por qué si el dramaturgo anuncia esa obra como la maravilla superlativa del mundo los lectores raramente habíamos escuchado antes de ella?

Alarcón escribió esos sesenta y tres versos de tema mexicano por dos razones. La primera fue porque con ellos trataba de elogiar y tener grato al virrey Velasco, lo cual es más que evidente con sendas adulaciones puestas en boca de don Leonardo. Y es que Juan Ruiz se sentía en deuda con el alto funcionario porque éste —mucho antes de ser nombrado virrey— fungió como testigo en la boda de sus padres, con el tiempo se volvió su protector y le hizo varios favores invaluables. La otra razón fue que el dramaturgo presenció una parte de la obra del desagüe, quedó impresionado con su magnitud y además tuvo cierta relación de amistad con el verdadero artífice y encargado del proyecto, aunque en la comedia borró injustamente su nombre para darle el crédito absoluto al virrey. ¿Quién fue el ignorado encargado y por qué Alarcón desdeñó su presencia?

El verdadero artífice de la celebrada maravilla fue Enrico Martínez (Heinrich Martin, en alemán), un hombre de biografía novelesca que tristemente perteneció a la estirpe de los grandes personajes cuyo destino es el olvido, la ignominia y el desprecio de sus contemporáneos. Individuo de orígenes oscuros (probablemente nació en Hamburgo entre 1550 y 1560), se sabe que se graduó en la Universidad de París como matemático y que impartió clases en Polonia y otros lugares de Europa. En 1589 llegó enigmáticamente a la Nueva España con el pomposo título de Cosmógrafo del Rey al servicio de Felipe II. En México se desempeñó como traductor del alemán para el Santo Oficio, escribió en castellano un libro de astronomía y astrología que en su tiempo fue muy consultado, hizo mapas de América, tuvo una imprenta que dio al público libros en latín, español y náhuatl, se desempeñó como médico, emprendió una de las obras de ingeniería más ambiciosas de su siglo (el mentado desagüe) y murió en el pueblo de Cuautitlán, derrotado, enfermo, entre sus polvosos astrolabios, injuriado por enemigos que lo acusaron de haber provocado la inundación más terrible de la capital del virreinato novohispano.

El dato por todos aceptado es que Enrico Martínez se embarcó con rumbo a la Nueva España “en el año de 1589, en la flota que condujo a su amigo y protector el virrey don Luis de Velasco el segundo y a Juan Ruiz de Alarcón, también su amigo”. La imagen de un barco de la Corona española atravesando el encrespado océano con una tripulación que, entre otras personas, contaba con un virrey recién nombrado, un cosmógrafo real y un dramaturgo jorobado, me fascina y a menudo he fantaseado con el tipo de pláticas que pudieron haber sostenido esos tres personajes durante el largo viaje trasatlántico. Digo “fantaseado” porque bien sé que dichas pláticas fueron improbables pues en 1589 Juan Ruiz tenía nueve años y, tomando como cierto el dato —además bastante infundado— de que se encontraba ahí, es obvio que era incapaz de polemizar con tan doctas personalidades. Pero fantasear es lo único que se puede hacer en estos casos del pasado y así lo demuestra Fabrizio Mejía Madrid en su inteligente y divertida novela Hombre al agua, donde en el segundo capítulo recrea y explica ficticiamente esa charla singular:

 

[Enrico Martínez] había conocido al virrey justo en el barco que lo llevó a la ciudad lacustre de la Nueva España en enero de 1590 [¿sic?]. Al final de sus días, el cosmógrafo del rey se lamentó de haber sostenido con el nuevo virrey, Luis de Velasco, y con el escritor Juan Ruiz de Alarcón, cierta charla sobre ciencias en la que él, envalentonado por la precaria instrucción de ambos en el tema, aseguró:

–No existe problema alguno que no pueda ser resuelto por medio del cálculo preciso y la acción humana.

–No lo creo, Marino —lo desdeñó Ruiz de Alarcón, equivocando su apellido.

[…] Pero un día de 1607, exactamente un año después de que publicara su canon de los eclipses que vendrían, cuando el ya octogenario virrey de Velasco fue llamado para un segundo periodo al frente de la Nueva España, su desafío le fue recordado con precisión. El virrey lo mandó sacar de sus cálculos en el cielo para que solucionara permanentemente el problema de las inundaciones de la ciudad que, tres años antes, habían puesto en duda su existencia.

–Usted me dijo que cualquier problema puede resolverse usando la cabeza —le recordó el virrey a Enrico—. Llegó el momento de que lo pruebe.

 

Si el novelista cuenta que Martínez se lamentó de haber sostenido esa plática trasatlántica de 1589 que ocasionó que el virrey le pidiera en 1607 solucionar “permanentemente el problema de las inundaciones de la ciudad”, es porque esa petición le arruinó a la larga la vida al cosmógrafo. Como dije, la biografía de Enrico es novelesca, pero no tanto por sus orígenes oscuros ni sus rocambolescos conocimientos científicos aplicados en Francia, Polonia y México, sino por el dramático fracaso que vivió en sus últimos años gracias a la malograda empresa del desagüe, empresa que aceptó e interiorizó como su principal obsesión, su imperativo categórico, su Moby Dick personal que, como a un Ahab novohispano, lo condujo al naufragio de su vida.

En la novela Hombre al agua, Martínez ocupa un pequeño y fugaz espacio al lado de otras figuras ficticias y reales como Joaquín de la Cantolla (pionero de los globos aerostáticos en nuestro país) y Francisco de Viana (autor del primer reglamento contra incendios que hubo en México), por lo tanto, para conocer mejor su biografía el libro que recomiendo leer es el que escribió el célebre historiador Francisco de la Maza en 1943: Enrico Martínez: cosmógrafo e impresor de Nueva España. Auténtica joya de la historiografía mexicana, esta obra es una relación puntillosa y amena que reúne toda la información existente acerca del sabio Enrico. A pesar de su erudición notable, no es un texto para especialistas: su inicio es bellísimo y a ratos se lee como una novela de misterio. La edición que los lectores contemporáneos podemos consultar es la facsimilar que la UNAM imprimió en 1991: un hermoso volumen de tamaño grande y letra amplia que permite disfrutar sin dificultades de una prosa ligera y trufada con datos exquisitos e ilustraciones tanto de los libros que publicó Martínez como de un bello y antiguo mapa del valle mexicano. Es en esta obra donde también se encuentra copiosa información acerca de las obras del desagüe exaltadas por Juan Ruiz de Alarcón y cuyos antecedentes pueden resumirse así:

Desde que llegaron al Valle de México, impelidos por motivos religiosos, políticos y económicos, los habitantes prehispánicos supieron medrar y convivir armónicamente con el ecosistema lacustre originalmente compuesto por los lagos de Texcoco, Xaltocan, Zumpango, Xochimilco y Chalco, los cuales, en tiempo de lluvias, podían peligrosamente crecer hasta unirse y formar un “pequeño mar cerrado”. Entre otras medidas para poder vivir aquí, los aztecas construyeron un enorme albarradón que resguardó óptimamente y por mucho tiempo a su ciudad. Por el contrario, desde la caída de Tenochtitlán, los españoles tuvieron problemas con el agua a tal grado que Hernán Cortés pensó ubicar la ciudad en otro lugar, lo cual hubiera sido quizá lo más sensato. A lo largo de los años, numerosas inundaciones hicieron urgente la presentación de un plan efectivo para drenar el territorio ocupado —con necedad, ciertamente— por la capital novohispana. En 1555 un tal Francisco Gudiel propuso un proyecto de desagüe que no se realizó. En 1579 hubo otro, pero fue desechado por el entonces virrey Martín Enríquez debido a su elevado costo. En 1604 sucedió lo mismo. Fue hasta 1607 cuando, obligado por la peligrosa inundación que azotaba a la capital, el virrey Luis de Velasco y Castilla convocó democráticamente a un concurso para elegir un proyecto que solucionara el problema (no mandó llamar al cosmógrafo personalmente, como se narra en la novela de Mejía Madrid). El ganador fue Enrico Martínez, cuya propuesta constituyó la primera gran acción de drenaje del Valle de México que se puso en marcha.

El manuscrito del plan original presentado por el cosmógrafo (“sencillo, barato y adecuado”, a juicio de Francisco de la Maza) se perdió, pero se sabe por distintas relaciones históricas que consistía en varias obras encaminadas a que “las aguas del lago de México se vaciaran, por medio de una zanja, en las del lago de San Cristóbal o Xaltocan; las de éste en las del lago de Zumpango y las de éste, por medio de un tajo en Nochistongo, en el río Tula, que las llevaría, por fin, al mar, en el golfo de México”. La última parte del proyecto, en especial, parecía ser la más acertada, pues al drenar el lago de Zumpango (el más alto del valle y además alimentado por el río Cuautitlán, el más caudaloso entonces) se evitaba que las aguas de éste se desbordaran sobre los otros lagos y anegaran —como había sucedido en ese año de 1607— la ciudad, ubicada en la parte más baja del valle. El mismo Enrico advirtió que quizá lo más conveniente y sencillo era empezar por el desagüe de Zumpango para después y con más calma “quitar de la laguna de México el agua que fuese necesaria para asegurar la ciudad de la ynundación que se teme”. Las autoridades aceptaron la propuesta y de inmediato buscaron a los peones para comenzar. Escribe De la Maza:

 

Se mandó pregonar por las calles (con el pregonero en canoa, evidentemente) de toda la ciudad “para que todos los negros, mulatos y mestizos y otras cualquier género de gentes que quisiesen alquilarse para trabajar en el desagüe, acudiesen dentro de ocho días y hazer asiento ante el corregidor de esta ciudad, con suficiente paga y para que asi mesmo todos los vecinos e interesados que quisiesen dar esclavos para ello los diesen, a los cuales se les daría de comer y alguna satisfacción”.

 

La “suficiente paga” consistía, por edicto del virrey, en un pago individual de cinco reales cada siete días, un almud de maíz a la semana, una libra de carne diaria, una fanega de chile para cada cien indios, además de transporte de ida y vuelta a sus respectivos pueblos y los servicios de un hospital construido en Huehuetoca para los trabajadores que se enfermaran. Con estas disposiciones dictadas (benevolentes, hay que decirlo, en comparación con otros trabajos similares), el 28 de noviembre de 1607 se inauguraron con emoción y suma esperanza las obras. Como curioso dato libresco, me gusta comparar las dos narraciones que conozco de este suceso. La primera es de 1637 y se encuentra consignada en un libro de título tan largo que sólo transcribiré sus primeras veintiún palabras: Relación universal, legítima y verdadera del sitio en que está fundada la muy noble, insigne, y muy leal Ciudad de México…:

 

Y habiendo llegado al dicho sitio de Nochistongo y habiéndose dicho misa a las once del día en un jacal, que para el efecto estaba ahí hecho, y teniendo prevenidos como mil quinientos indios, se comenzó la obra del desagüe y algunas lumbreras, tomando el virrey una azada en las manos y dado algunas azadonadas, con las que se animaron los indios al trabajo.

 

Me gusta por la escena de la misa en un jacal precario y del anciano y aristocrático virrey dando azadonadas sobre la tierra arcillosa de Nochistongo. La otra narración es la que hace Mejía Madrid en su novela, publicada en 2004:

 

[…] para financiar el desagüe, la ciudad se valuó en veinte millones de pesos en oro y se le cobró el uno por ciento de ese valor a los pobladores, junto con un tributo especial a las cajas de vino que, de inmediato, dejaron de llegar. Ésa es una de las razones por las que el vino jamás llegó al paladar de la ciudad y, en cambio, la cerveza lo inundó. El virrey de Velasco, quien se mandó a construir una casa en Huehuetoca para supervisar, inauguró las obras del desagüe el 29 de noviembre. Se dijeron algunas palabras sobre el futuro seco de la ciudad, una banda de música tocó y luego el arzobispo bendijo el lodo. Como no había vino para consagrar, el sacerdote vertió en su vaso, de espaldas a la audiencia, un poco de cerveza.

 

Es obvio que el novelista se tomó ahí varias licencias ficticias que, por lo demás, resultan bastante divertidas. El detalle de la cerveza escandida a hurtadillas en el cáliz del sacerdote, por ejemplo, es maravillosamente literario, pero no por eso deja de alumbrar ciertos aspectos verídicos referentes a las condiciones prácticas de las obras del desagüe. En efecto, para su realización se cobraron dos impuestos nuevos a la población de la ciudad. Conforme a un avalúo realizado por el arquitecto Andrés de Concha para calcular el valor de las propiedades, se obtuvo la cantidad de 300 mil pesos. Además, como menciona Mejía Madrid, se impuso una contribución al vino, cosa que disgustó mucho a la espirituosa población y a la larga volvió impopular el tortuoso trabajo del desagüe. Quizá en esa ocasión los mexicanos padecimos por primera vez la terrible mezcla gubernamental de contribuciones fiscales elevadas y obras públicas inciertas que, con el paso de los siglos, se ha vuelto el pan de cada sexenio (recuérdese el caso de la línea 12 del Metro).

Al principio todo salió de maravilla. A esta primera etapa de éxito del desagüe corresponden los versos de Juan Ruiz de Alarcón. El 16 de junio de 1608, sin haber acabado aún el socavón, se inauguró el tajo (8 mil 600 varas de longitud, es decir, siete kilómetros, más o menos). Enrico Martínez, acompañado solemnemente por el virrey, el mayordomo Pedro de Altamirano y el padre jesuita Juan Sánchez que lo había ayudado a hacer las primeras nivelaciones, abrió las compuertas y el agua entró al tajo “con grandísima furia y raudal”. Se dice que las aguas del lago de Zumpango descendieron ostensiblemente su nivel ante los ojos de los testigos. El cosmógrafo, orondo y conmovido, recibió agradecido y de hinojos una cadena de oro en su cuello que simbolizaba el agradecimiento de la ciudad.

En septiembre de ese mismo año, las aguas del tajo pudieron por fin entrar al túnel que las llevó exitosamente al río Tula. El socavón, de aproximadamente 6 mil 600 varas de longitud (cinco kilómetros y medio, más o menos), fue justamente alabado por Juan Ruiz, pues en ese tiempo se trató de una obra de ingeniería sin parangón en todo el mundo. Cuando en el siglo XIX el barón de Humboldt visitó la Nueva España e hizo exploraciones geográficas e investigaciones históricas acerca de las obras de Enrico Martínez, concluyó lo siguiente: “Un paso o camino subterráneo que sirve de canal de desagüe, acabado en menos de un año, de 6 mil 600 metros de largo, con un claro de diez y medio metros cuadrados de perfil, es una obra hidráulica tal, que en nuestros días y en Europa llamaría mucho la atención de los ingenieros”. Gracias al socavón, la laguna de Zumpango se desaguó en su totalidad y se cantó victoria en los campanarios de la capital de la Nueva España. Se dejó de temer que las aguas de Zumpango y del río Cuautitlán se desbordaran sobre la ciudad. Como pasa con frecuencia en México, se creyó que los problemas estaban solucionados para siempre y que no habría más de qué preocuparse, pero no fue así.

En teoría, y a juzgar por los primeros resultados, el proyecto era impecable, magistral, pero bien examinada su realización acusaba mil fisuras y defectos. Ya desde los comienzos, unos peritos enviados por el virrey avisaron que el tajo se debía hacer más ancho y reforzado con taludes de piedra y madera en los costados para evitar los derrumbes. También recomendaron recubrir con mampostería el interior del celebrado socavón. Enrico no hizo caso. Los versos de Alarcón que dicen:

 

Después, porque la corriente

humedeciendo cavaba

el monte, que el acueducto

cegar al fin amenaza,

de cantería inmortal

de parte a parte se labra

 

son mendaces, pues nunca se recubrió con piedra “de parte a parte” el túnel. Para siempre será un misterio el porqué de los oídos sordos de Enrico ante las recomendaciones que se le hicieron. De lo que podemos estar seguros es que de haber sido más receptivo a las críticas, se hubiera ahorrado muchos problemas y ataques de sus enemigos.

Los émulos de Martínez eran legión. Tal vez lo odiaban por ser extranjero y lo envidiaban porque don Luis de Velasco y Castilla lo protegió y favoreció al otorgarle la obra. Por esa razón, cuando el virrey terminó su mandato en México y regresó a España, varios peritos se atrevieron a escribir rabiosos libelos en contra del cosmógrafo. El redactado por Alonso Arias, su archienemigo, fue el más enconado. Esos informes se enviaron al rey de España que, ignorante y posiblemente ahíto del asunto, mandó a México en 1614 a un ingeniero holandés para que solucionara el problema. Ese sujeto, de nombre Adrian Boot, dictaminó en enero de 1615 que el desagüe de Enrico Martínez “no valía nada”, dijo que lo adecuado era que todo volviera a su estado original y que lo que debía hacerse era engrosar las calzadas y reparar los diques existentes, medidas a todas luces insuficientes para frenar las inundaciones. La discusión se tornó bizantina. Hubo gente a favor del holandés y a favor de Martínez. Legajos, discusiones escolásticas de alarifes, oidores, funcionarios, amanuenses a los que se les iba la mano en sus opiniones, críticas de la población a los impuestos sobre el vino... Al final, para desembarazarse del asunto, el nuevo virrey ordenó que el río Cuautitlán volviera a su cauce natural y poco a poco la laguna se llenó de nuevo sin que las autoridades repararan en ello.

No obstante su fracaso, el cosmógrafo continuó con sus complicados cálculos matemáticos y en ese mismo año de 1615 presentó un plan para arreglar los desperfectos de su obra, prometiendo que en dos años la concluiría. La Audiencia lo aceptó otra vez, pero con la cruel condición de que pagara una fianza de 12 mil pesos en veinticuatro horas, lo cual Enrico no pudo cumplir y terminó en la cárcel. Desde una oscura celda, el matemático graduado en París pidió su libertad ofreciendo el treinta por ciento de su salario. Cuando salió, dispuesto a comenzar las obras, nuevas discusiones e intrigas propiciadas por Alonso Arias entorpecieron los trabajos, que después de muchas zancadillas pudieron reiniciarse, pero con una lentitud tan desesperante que para 1623 casi no se había avanzado nada, razón que llevó al nuevo e irreflexivo virrey marqués de Gelves y conde de Priego a cancelar definitivamente las labores del desagüe.

Pasaron los años y en 1628 Enrico presentó ante las autoridades un tercer plan, mucho más pensado y completo que los anteriores. En éste informaba de los logros por él alcanzados y presumía que hasta ese momento “sólo habían muerto veintiún indios, de los muchos miles que trabajaban y que si se atacaba la obra por enemigos envidiosos, era solamente por codicia, pues ella implicaba una desatención de los indios en las labores de los campos y haciendas de los ricos”. Nuevamente se aceptaron sus servicios de ingeniería y el cosmógrafo trabajó con vehemencia. Lamentablemente, para septiembre de 1629 los lagos habían crecido en exceso. Venganza líquida de un ecosistema lacustre invadido por calzadas y templos de piedra, el agua se desbordó y cubrió primero calles, luego ventanas, naves de iglesias, salones, plazas, bibliotecas. Con la sensatez que en ocasiones produce el miedo, al ver el aluvión mucha gente abandonó para siempre la ciudad —medida que quizá hubiera sido la más adecuada desde el principio— y se mudó a Puebla. El desastre era inminente. Se dice que a partir del once de septiembre diluvió bíblicamente y sin interrupción durante treinta y seis horas. A causa de las crecidas, treinta mil personas —sobre todo indios— murieron ahogados. También fallecieron multitud de animales, cuyos cadáveres seguramente flotaron durante semanas enteras, cubiertos de moscas y gusanos acostumbrados al agua. Los ciudadanos sobrevivientes adoptaron las canoas para no hundirse. En una simpática crónica —donaire en medio del caos— escrita por el dominico Alonso Franco y citada por Francisco de la Maza se lee lo siguiente:

 

Las canoas sirvieron de todo y fue el remedio y medio con que se negociaba y trajinaba y así en breves días concurrieron a México infinidad de canoas y remeros. Las calles y plazas estaban llenas de estos barcos y ellos sirvieron de todo cuanto hay imaginable para la provisión de una tan gran república; y llegó, lo que era trabajo, a ser alivio, comodidad y recreación. Una sola canoa cargaba lo que necesitaba de muchos arrieros y bestias mulares. Fue lenguaje común decir todos: andamos ahora en carrozas, porque pobres y ricos paseaban en la ciudad con mucho descanso y sentados en las canoas, que eran carrozas de menos costo, por lo mucho que tiene sustentar carroza y animales que la tiren. En canoas se llevaban los cuerpos de los difuntos a las iglesias y en barcos curiosos y con mucha decencia se llevaba el Santísimo Sacramento a los enfermos. Vi de la catedral muy pintado y dorado, su tapete y silla en que iba el cura sentado y haciéndole sombra otro con un quitasol de seda; acompañábanle otras canoas en que iban gentes que llevaban luces y la campanilla que se acostumbra iba adelante para avisar a los menos atentos…

 

Pero mientras algunos se divertían en sus paseos de remos, la noche del 18 de septiembre, en medio de un ambiente apocalíptico y una tormenta inclemente, las autoridades encarcelaron al ya anciano Enrico Martínez. Chivo expiatorio de una ciudad llena de ahogados, se le acusó ridículamente de haber cerrado la boca del desagüe que él mismo había construido. Muchos dijeron que, ante las leviatánicas aguas que evidentemente no podrían caber por el socavón sin destruirlo, el cosmógrafo mandó tapar su entrada para no arruinar el trabajo de tantos años. Otros maledicentes aseguraron que, con ánimo maquiavélico, lo cegó para demostrar a sus émulos que sin drenar la laguna de Zumpango la inundación sería catastrófica. Por su parte, Enrico dijo que habían sido las avenidas violentas las que taparon con lajas la entrada del desagüe.

La eterna paz del reino tan cacareada por Juan Ruiz parecía, en tales condiciones infernales, una burla. Asustado porque el agua seguía subiendo y le llegaba ya al cuello, el virrey, arrepentido, mandó sacar al cosmógrafo de la cárcel y, al comprobar que era el único capaz de solucionar el problema, le suplicó que hiciera lo necesario para salvar a la ciudad. Desde luego no se disculpó por el presidio al que lo había sometido, pero le dio 15 mil pesos y con esa cantidad Enrico trabajó una vez más en Nochistongo y amplió sus obras para desviar arroyos y ríos por la parte de Chimalhuacán, Coyoacán, Mixcoac y Xochimilco. El cosmógrafo se fue a vivir al pueblo de Cuautitlán para supervisar más de cerca el desagüe. Ahí trabajó incansablemente hasta 1632, fecha en que consideró concluida la obra que se había convertido en su obsesión durante más de veinticuatro años.

La hora de la verdad llegó. Ante la expectativa de todos, se abrieron otra vez las compuertas del desagüe. Enrico, enfermo y disminuido pero con la certeza de que por fin recibiría el premio por sus esfuerzos, esperó desde la orilla del lago de Zumpango a que las aguas descendieran, sin embargo, resultó que el conducto era demasiado estrecho para vaciar el volumen ingente de líquido que se había acumulado. Las cosas fallaron otra vez. Aquello parecía un castigo divino de no ser porque había sido consecuencia del cálculo humano. Como era de esperarse, anatemas y acusaciones cayeron sobre envejecida cabeza del matemático. La versión aceptada por los historiadores es que, humillado, Martínez murió a causa de los insultos que el oidor Villalona y el fraile Andrés de San Miguel le escribieron. Villalona lo tachó de inepto, embaucador, hipocondriaco, fracasado y extranjero arribista, mientras que Andrés de San Miguel se lamentaba de que alguna autoridad competente no hubiera mandado a ahorcar a tiempo a Enrico, a la vez que señalaba al difunto virrey Luis de Velasco como culpable por haber protegido a un rufián. Al enterarse de esas palabras, “su espíritu debe de haberse doblegado ante esta última y terrible decepción —escribe De la Maza—, de tal manera, que a los pocos meses moría en su triste y lóbrego aposento del pueblo de Cuautitlán, rodeado de su libros y sus instrumentos científicos, que fueron, más que otra cosa, el centro y amor de su vida”.

Enrico murió en la nochebuena de 1632. No quiso regresar a la Ciudad de México porque ahí lo odiaban. Se desconoce el lugar exacto donde yacen sus restos. Su figura tuvo que esperar a que en el siglo XIX, gracias a los comentarios benevolentes y admirativos de Humboldt, se levantara un monumento en su honor, el cual se encuentra en el costado poniente de la Catedral Metropolitana. Carece de efigie porque nadie sabe cómo era su aspecto físico. En Cuautitlán, frente a la catedral de San Buenaventura y a un lado de la imponente cruz de piedra que ostenta la cabeza labrada de Carlos V, una pequeña calle de tan sólo una cuadra se llama Enrico Martínez: en una esquina hay una heladería y en la otra una cantina de mala nota. En el Distrito Federal una calle cercana a la Biblioteca de México lleva su nombre, ese nombre que su contemporáneo Juan Ruiz de Alarcón no tuvo empacho en borrar cuando alabó las obras que al cosmógrafo le trajeron desagracias y sinsabores y que al final, más que una maravilla digna de celebración, significaron una calamidad para todos.

El desagüe del Valle de México se completó definitivamente hasta el siglo XX. Porfirio Díaz fue el último personaje empeñado obsesivamente en esa tarea. Después de la muerte de Martínez, se abandonó la idea de desaguar por el lado de Nochistongo. En los siglos siguientes se presentaron y realizaron diversos planes al respecto y se padecieron también numerosas inundaciones. En la actualidad, las obras hidráulicas del valle no están encaminadas a secar lagos, porque ya no los hay, salvo pequeños y degradados cuerpos de agua que son la excepción. El principal problema que se afronta es traer a la ciudad desde muy lejos el agua limpia para uso cotidiano y luego sacarla en condición de porquería tóxica.

Viajé a la laguna de Zumpango. Todavía es grande, aunque no tanto como en siglo XVII, cuando el pueblo del mismo nombre se encontraba en su ribera y Enrico Martínez se esforzaba en secarla. Tiene a la vista un aspecto hermoso, imponente y sereno debido a las garzas blanquísimas que la habitan, pero es desagradable para el olfato. Algunas lanchas de motor, ancladas no lejos de donde me encontraba, se mecían por el viento como dando vida a una pintura de Monet. Contemplé largo rato el paisaje. Pensé en los cadáveres de gente asesinada que a menudo se encuentran en los canales contaminados de la comarca. Me pregunté cuántos de esos canales desembocan en Zumpango. El cielo se oscureció y, junto con las sombras y el frío, la pestilencia se volvió más intensa. Me marché pensando que la terca permanencia de la laguna y la blancura de sus aves tienen algo de milagroso y de estremecedor. Mientras caminaba para tomar el camión de regreso que me llevaría al tren suburbano de Cuautitlán, vi que en un changarro de comida vendían truchas. ¿Las pescan ahí? Por la ventanilla del autobús observé que la luna había salido. Intenté imaginar cómo se vería reflejada sobre el agua. Avanzamos. Las milpas dieron lugar a las casas, a la zona industrial, a los suburbios interminables. Luego, ya en el tren, llegué a la ciudad desecada. Una hora más tarde, entré a mi casa en Coyoacán. Cansado, me desvestí y en la ducha contemplé cómo el agua se iba por la coladera con rumbo, quizá, a donde había yo pasado el día.

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