ATRACTORES EXTRAÑOS: Libros como lápidas





Cada tanto siento cruzar por mi biblioteca el oscuro silbido de la muerte. Es quizá menos que un silbido, una sombra deslizante o algo como la inminencia de un suspiro; tal vez solamente un escalofrío que yo transfiero de algún modo a los objetos. Sobre todo de noche, cuando la casa se ha quedado en silencio y alguna luz lejana se filtra hasta la habitación de los libros, la biblioteca se contagia de un aire torvo, de una apariencia casi funeral: como si los volúmenes, apretados uno al lado del otro, que algo tienen de lápidas y de epitafios desbordados o hipertróficos, invocaran la muerte para que ésta se pasee a sus anchas y se enseñoree por esos dominios que también reclama como suyos.
A esa clase de momentos desconcertantes, a esa suerte de estremecimientos imprevistos, los llamo “momentos metafísicos”: una especie de conciencia exacerbada de la realidad, de lo extraño que es todo esto a lo que llamamos “la vida en la Tierra”. De la misma manera que he llegado a percibir los libros como auténticas criaturas vivientes, a medio camino entre lo mineral y lo animal —no obstante las fibras vegetales de sus entrañas—: criaturas un tanto impredecibles y traviesas, que me ofrecen compañía y con las que comparto el mismo techo, aunque la mayoría de las veces sean ellas las que me ofrezcan una suerte de refugio, una cueva inmaterial de dimensiones insondables para guarecerme, también he llegado a percibir los libros como objetos fantasmales y arcanos: puertas entornadas, pasadizos para trabar comunicación con los muertos.
Antes de conocer a algún escritor vivo, antes siquiera de figurarme la existencia de un escritor vivo, tuve quizá la primera revelación de la muerte caminando entre los estantes de una biblioteca como quien se pasea por los pasillos desolados de un cementerio. La conciencia de la muerte, aquello que Edith Wharton quiso capturar con la expresión le réveil mortel (un despertar repentino, pero se diría diferido, que probablemente se renueva y complejiza con el paso de los años, y que quizá no se consuma del todo sino hasta el instante postrero), me recorrió el esqueleto, me atravesó como un lento relámpago de oscuridad mientras sentía la leve opresión de aquella masa ordenada de papel impreso, de todos esos volúmenes expectantes pero quizá ya algunos completamente olvidados, y desde entonces no he dejado de encontrar cierto aviso mortuorio en las hojas amarronadas de los tomos antiguos, en el polvo que se acumula sobre sus cantos, en los bichos aplastados entre sus páginas, pero sobre todo en la voz embalsamada que queda fija sobre el papel, en negro sobre blanco; esa voz remotísima y en sentido estricto inaudible que se desprende a medida que leemos; ese fenómeno paralelo o anterior a lo acústico que se produce con la interacción de dos mentes separadas quizá por siglos, quizá por miles de kilómetros, y en el que nuestra cabeza, las paredes palpitantes de nuestro cráneo, sirven de caja de resonancia a los muertos, y entonces de algún modo nos convertimos en ventrílocuos de gente a la que sólo podremos conocer a través de sus ecos, de gente incluso entrañable a la que regresamos confiados y agradecidos —y sin embargo ahora ya en buena medida reducida a polvo—, y para la cual fungimos como una variedad cotidiana e inadvertida de médiums.
Los libros como una variante embozada de memento mori. En el instante en que aquella “grata compañía” a la que se refería Alfonso Reyes muestra su perfil mortal y su destino insobornable de cenizas, y uno se descubre rodeado, sí, de compañía, de una amistad tantas veces elogiada por incondicional, pero conformada en buena medida por fantasmas, por voces ya muertas y lejanas que, como la luz de constelaciones invertidas —en negro sobre blanco—, han tardado mucho en llegar hasta nosotros. Y aun los volúmenes que tanto procuramos y tantos afanes nos costaron conseguirlos, aquellos que han permanecido en la mesita de noche por largas temporadas que creímos de felicidad, las primeras ediciones por las que hemos desembolsado sumas que nos han hecho dudar de nuestra cordura, empiezan a contaminarse de un hálito sombrío y a sumergirse en una atmósfera de encierro y sinsentido. Todos esos libros que hemos acariciado una y otra vez, en los que hemos hundido las narices hasta sus junturas para olisquearlos en un gesto tal vez obsceno, todas esas colecciones a las que regresamos como si se trataran de una tabla de salvación o un amuleto, se convierten de pronto en una presencia abstrusa, en una masa amorfa de papel amenazada por la polilla; la biblioteca entera, que hemos construido a lo largo de los años, que ha proliferado más allá de nuestra capacidad lectora, al parecer con la firme voluntad de apoderarse de nuestra casa, se revela como una prisión estéril, una trampa demasiado estrecha dispuesta por nosotros para nosotros mismos: reflejo de una vida malgastada a espaldas de la vida, encarnación de tardes umbrosas como reclusos voluntarios entre sus paredes densas y demasiado solitarias.
Según Jules Renard, que murió relativamente joven, a los cuarenta y seis años de edad, “es al afrontar la muerte cuando leemos más libros”. Desde aquel vértigo temprano, desde aquel desasimiento o desmayo rodeado por cientos de volúmenes, soy de la opinión de que es cuando leemos más libros que nos enfrentamos cara a cara con la muerte. Quién sabe cuántos escritores emborronen páginas y páginas y se demoren en encontrar el adjetivo perfecto pensando directamente en la muerte, fantaseando con esa forma un tanto chapucera de burlarla que llamamos posteridad; pero al menos en mi caso es difícil que tome un ejemplar de la estantería sin que la muerte me recuerde su presencia, sin que perciba su aliento helado y el golpe de su fetidez. Tanto si se trata de un libro de hace dos mil años como de uno escrito por alguien más joven que yo, allí está la sombra del fin, la insidiosa pregunta sobre la perduración de sus páginas sobrevolándolo.
Julian Barnes, lector fervoroso de Jules Renard al grado de considerarlo un pariente “no carnal”, en su aguda y a la vez sabrosa meditación sobre la muerte, Nada que temer, anota que, salvo el primero, nunca ha escrito un libro sin pararse a pensar en algún momento que podría morir antes de terminarlo. Menos que una anticipada congoja por la obra maestra que la humanidad se perdería por el inoportuno deceso, el temor de Barnes no parece ser sino una nueva enunciación de lo que ya sabía de sobra Scheherezade: que la escritura es, en primer lugar, una carrera contra la muerte. Habida cuenta de que la idea de una inmortalidad vicaria se antoja bastante idiota, que desafiar a la muerte o trascenderla a través de nuestras obras, de todos nuestros engendros de tinta y papel, no ha consolado jamás a nadie (“puedes llevarte mi cuerpo, llevarte toda la materia blandengue que hay dentro de mi cráneo, pero no puedes llevarte lo que he hecho con ella”), Barnes opta por hacer suya la lección de Michel de Montaigne: como no se puede derrotar a la muerte, la mejor manera de contraatacar ante ella es no perderla de vista, nunca bajar la guardia ante sus sigilosos embates, “tener el sabor de la muerte en la boca y su nombre en la boca”.
La enseñanza de Montaigne que Barnes adopta —y con la que por cierto da comienzo al pensamiento moderno sobre la muerte—, ¿sugiere acaso que ya no hay otra forma de escribir si no es con la perspectiva de la finitud y la aceptación de la falta de futuro? ¿Significa que los libros han de escribirse no sólo en una carrera contra la muerte, con plena conciencia de que cada párrafo puede ser el final y cada punto el punto definitivo, sino con la desaparición y el olvido también como horizonte para el libro mismo, en contraste con ese espejismo de inmortalidad que suele rodear a algunos de ellos, por lo menos a ese puñado que denominamos “los clásicos”? ¿Tener el sabor de la muerte en la boca implica soñar con libros que se sabe perecederos y no eternos, libros sin esperanza, al fin y al cabo terrestres, demasiado terrestres, que se han liberado de la obsesión por la muerte y, por tanto, de su servidumbre, y ante todo se afirman en su fugacidad, ufanos de su condición pasajera y mortal?
En un célebre poema dedicado a Heráclito de Halicarnaso (poema que por cierto ha sobrevivido ya cerca de dos mil quinientos años), Calímaco expresa una idea muy frecuente sobre la perspectiva desigual que aguarda a los hombres y los libros frente a la desaparición. Allí escribe que Hades, “que todo lo arrebata”, jamás pondrá su mano sobre los poemas que compuso su amigo.
Alguien contó, Heráclito, tu suerte,
[y me hizo llorar con el recuerdo de las muchas veces
[que ambos despedimos el sol al conversar.
[Dondequiera que estés,
amigo de Halicarnaso, hace ya tiempo
[que eres polvo.
Mas siguen vivos, como ruiseñores,
[tus cantos, a los que Hades, que todo lo arrebata, jamás pondrá
[sus manos encima.
Esta idea —este difundido anhelo— según la cual la muerte no puede enseñorearse sobre las creaciones artísticas y los libros porque esos no son del todo sus dominios, cabría paradójicamente contrastarla —o al menos matizarla— tomando como ejemplo la suerte que ha corrido la obra del propio Heráclito de Halicarnaso, poeta elegíaco del que, cuando mucho, y eso tras no pocas pesquisas, podemos tener noticia en una página perdida de la Antología Palatina o en las notas al pie de alguna publicación erudita…
Como sea, es la misma temporalidad distendida del libro, la resistencia para sobrevivir a su autor, así sea unas cuantas semanas más —no olvidemos que también los libros son condenados a la guillotina—, lo que en parte le confiere su cariz fúnebre y también ese acento de gravedad a menudo repelente o al menos intimidador; gravedad y resistencia que también propician que, sobre todo en ciertas noches silenciosas, el libro se ubique fatalmente del lado del memento mori. Puesto que las obras pueden perdurar durante siglos y convertirse en lápidas de papel —volúmenes que ya nadie abre ni mucho menos interroga y que simplemente cumplen con el cometido de consignar el paso de su autor por este mundo—, cada escritor que se muere hace que la biblioteca adquiera un aire sombrío de necroteca, que salga a la luz su cercanía con el depósito de cadáveres o, quizá mejor, con una galería de muertos vivientes, de esa clase de muertos a los que sólo nosotros, los lectores, podemos devolver a la vida.
Alberto Manguel, jugando con el conocido título del ensayo de Walter Benjamin, “Desembalo mi biblioteca”, escribe que “puesto que toda biblioteca es autobiográfica, embalarla se parece, en cierta manera, a hacer la necrológica de uno mismo”. Tal vez ese escalofrío con el que comencé este escrito, ese momento metafísico que he referido y que cada tanto me asalta al recorrer con el dedo índice los lomos de mi biblioteca, no sea sino un atisbo de esa lenta y desordenada necrológica que he ido componiendo para mí mismo, tomo tras tomo, en el transcurso de los años. EP
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Luigi Amara es poeta, ensayista y editor. Forma parte de la cooperativa Tumbona Ediciones. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 1998, el Hispanoamericano de Poesía para Niños 2006 y el Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española 2014. Su obra más reciente es Nu)n(ca (Sexto Piso, 2015). Twitter: @leptoerizo