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Cuota de género: Un homenaje a Pequeñas labores 

Abril Castillo Cabrera | 01.04.2019
Cuota de género: Un homenaje a Pequeñas labores 
Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP

Para Tolín

 

Hombre sin barba

Hay personas que no recuerdas cuándo conociste. Las has conocido siempre. Desde que llegaste al mundo estaban aquí. Realmente desde ese primer vistazo (o segundo o tercero) te cargaron, se rieron contigo, sostuvieron a tu prima para que te lamiera la cabeza. Quizá hasta ayudaran alguna vez a cambiarte el pañal.

El hermano de mi papá me daba miedo de chica porque no tenía barba. Mi papá sí tenía y cualquier hombre que no tuviera barba me daba desconfianza. Pero veía a mi prima Marcia desvivirse tanto por su papá y a su papá reírse tanto con ella, que aunque a veces no entendía cómo podía quererlo tanto, me daba confianza también. Era parte de ese puñado de hombres sin barba que no me daban miedo.

 

De Torso a Tolín

Mi papá cuenta que al Tolín le decían así por un programa de tele o un personaje de los sesentas que se llamaba Torso. Que de ahí el nombre derivó (en un recorrido que nunca entiendo y por lo tanto no puedo replicar) a Tolín. Más grande me enteré de que el Tolín se llamaba Héctor, pero poco importaba. Para mí siempre fue el Tolín. Sin etimología ni nombre propio. El tío Tolín.

 

Clavícula rota

El Tolín una vez se cayó de las escaleras cuando estaba chico. Mis titos habían salido a cenar y habían dejado a sus cuatro hijos con alguien. O los habían dejado solos. O estaban con su bisabuela que quizá se durmió mientras los cuidaba. No recuerdo esa parte de la historia.

Mis titos tuvieron a sus hijos en escalerita, cada uno se llevaba un año nomás. Los imagino igual que pasábamos el tiempo nosotros, mis seis primos (también en escalerita), en casa de mis titos corriendo y jugando hasta noche, haciendo travesuras.

Ese día que mis titos salieron, el Tolín tenía unos ocho años, tal vez menos. Mi papá tenía nueve. Beto, diez. Laura, siete. Y mientras jugaban, el Tolín, haciendo quién sabe qué, se cayó desde el segundo piso hasta la planta baja. Cuando sus papás llegaron, les dijo: Me caí desde allá arriba. Y sus papás se rieron: Cómo crees, te dolería mucho, te habrías roto algo.

Muchos años después, cuando el Tolín tenía cuarenta, en una radiografía reveló su clavícula desviada. El Tolín le contó al médico que de niño se había caído, pero que sus papás en su momento nunca le creyeron. Ahora tenía pruebas. Mi tita se reía cuando el Tolín contaba esto. Todos nos reíamos. Mi tita diciendo: Los huesos de los niños sueldan muy rápido. Además, el Tolín siempre tuvo el umbral del dolor muy alto.

Cuento esta historia y escucho agolparse las voces de mi papá, de mi tita, de mi tía Laura, del propio Tolín, de mi hermano y de mis primas, Marcia y Valeria. Voces corrigiéndome o sumando a la anécdota. Diciendo que no fue la clavícula, sino algún otro hueso. Que no tenía ocho años cuando eso pasó, sino cinco. Que no fue con el médico a los cuarenta, sino a los treinta y cinco. Que no se habían quedado solos de noche los hermanos, que era la época que la bisabuela vivía ahí con ellos. Que mis titos sí le creyeron al Tolín, pero en su momento lo revisaron y no le encontraron nada raro.

Tantas imprecisiones que habré cometido. Y quien de verdad quisiera que me volviera a contar esa historia es el propio Tolín. Y no quiero yo seguírmela contando para que no se desgaste, por un lado, pero por otro, porque me doy cuenta de cuántos detalles no recuerdo. Y si me toca luego recrear toda su historia, va a quedar llena de hoyos. Huecos que yo no sé llenar. En cambio esto que siento, a diferencia de las palabras, es tan total.

Deberíamos callarnos unos días más y no decir nada, sólo sentir toda esa vida. Porque la verdad es que queda realmente tanto de él aquí.

 

Malaria

Desde que era chiquita, a mi prima Valeria le decía Malaria. El Tolín tenía un gran humor negro que heredamos todos, pero sólo Valeria superó en creces.

Una vez, hace un par de años, Valeria nos mandó imágenes de su papá en bata de hospital, con filtros de Snapshat que lo hacían ver con cara de princesa o de rockero o de mapache. Así nos enteramos de que habían internado al Tolín en el hospital.

Estuvo bien grave esa vez y se salvó. Escribió un cuento basado en las pesadillas que tenía esas noches en que estaba entre la vida y la muerte. Me pidió que le hiciera unos dibujos que no he hecho.

 

El que Ghana pierde

El Tolín se iba a ir a Ghana porque los últimos años había estado investigando sobre insectos comestibles. Tenía andando una investigación de insectos para hacer harinas, quería encontrar formas de curar el hambre. En Ghana, decía, existen los escarabajos más grandes del mundo. Toda la harina que se podría hacer de ahí. Decía que estaba buscando inversores, esa última comida que hicimos juntos en La Posta de Pacífico, a donde íbamos cada domingo desde hace unos quince años. Mi hermano y yo dijimos que nosotros con gusto invertíamos. Que confiábamos plenamente en él. Todos nos reímos. Él de ternura, quizá sabiendo que si tuviéramos dinero, invertiríamos. Y nosotros probablemente de lo mismo.

Ya tenía boleto de avión para irse a principios de marzo. Pero coincidió con que le dieron la greencard a mi prima Marcia y, después de dos años, pudo venir a visitarnos. El Tolín se iba ese fin de semana, pero cambió su boleto de fecha. Y estuvimos juntos todos ese domingo, como hace años no habíamos podido estar. Todavía desayunamos también al día siguiente en Coyoacán. Me acuerdo que no encontraba mi celular y pensé que a lo mejor lo había perdido. Ve a buscar si no lo dejaste en tu coche, aquí te esperamos, me dijo el Tolín. De regreso, con mi celular en la mano, lo primero que hice fue sacarles una foto.

El Tolín se iba a ir a Ghana el jueves pasado. Para eso se puso una vacuna contra la fiebre amarilla que dicen que causa muchos efectos secundarios. El Tolín tenía diabetes y un síndrome vascular hereditario. El Tolín no era particularmente confiado. Era, como todos los Castillo, bastante miedoso (el gif más usado en el chat familiar es de un muppet que dice: We're all gonna die). Pero también tenía un gran sentido del humor.

El Tolín al principio pensó que tenía un efecto secundario de la vacuna. Se sintió mal ese último fin de semana antes de irse a Ghana. Antes del lunes que se murió.

El doctor que lo revisó dijo que no fue la vacuna. Que al parecer fue un derrame.

Me daba miedo que los vivos nos quedáramos con la idea de que no hay que vacunarnos. De que la moraleja de esta historia es mejor no ir a Ghana.

Para mí, la moraleja de la vida del Tolín, si existe una (que no creo, pero juguemos a que algo de la muerte y de la vida se puede aprender), si existe una moraleja sería: sí ir a Ghana. Ser miedoso no nos hace menos valientes. Está bien tener miedo, pero hay que vivir todo lo que queramos vivir. El miedo igual que la vida, hay que atravesarlos.

 

Yin y Yang

Hace menos de un año, un montón de gatitos llegaron a casa del Tolín. No recuerdo exactamente cómo. Así que es probable que haya huecos en la historia que tenga que inventar. Da igual. Voy a dejar de disculparme por esta amalgama de mentiras que busca armar una pieza más grande. Créanme todo o no me crean nada. Pero vamos a recordar al Tolín.

Todo empezó con una gatita que quizá sí era de él. Que se embarazó y tuvo como cinco gatitos. Y luego esa gata se fue, pero los gatitos aún estaban muy pequeños. Se iban a morir. El Tolín salía de día y de noche por su barrio a buscar a la gatita. Pero ni sus luces. Y él entonces (que por cierto era veterinario o en algún momento lo fue, luego se dedicó a cosas más complicadas de genética y de insectos), él entonces juntó unas lámparas para que los gatitos estuvieran calientes y consiguió unas mamilas. Y los alimentó a todos, les intentó salvar la vida.

Nos contaba que estaba amamantando a sus gatitos. Que de la noche a la mañana se había tenido que convertir en su madre. Y mandaba fotos de esas crías que más parecían pajaritos a media cocción que felinos. La gata madre regresó al fin, alguna veterinaria de cerca la había raptado (esa palabra usaba el Tolín) y la había castrado. El Tolín se enteró porque en algún momento se encararon la veterinaria y él, y ella le reclamó que era muy irresponsable de su parte tener gatos sin castrar. Y él le dijo que esa gatita que ella raptó, la raptó mientras estaba amamantando, y que ahora se le había ido la leche por haberla castrado, y que los demás gatitos, los ahora hijos del Tolín, por su culpa se iban a morir.

Algunos sí se murieron. No al mismo tiempo, pero sí uno a uno, como tres, se acabaron muriendo. Quedaron dos que sí vivieron.

En ese ínter, le regalé al Tolín el libro de Rivka Galchen, Pequeñas labores. No pude comprar otro así que le regalé el mío. Ya estaba subrayado (con lápiz por suerte) y sólo le borré mis marcas para dárselo. Me urgía dárselo. Recuerdo la necesidad imperiosa de que lo leyera en esos días. Se lo regalé, la verdad, sobre todo por la portada. Una ilustración que muestra una madre amamantando a sus crías. Como el Tolín a sus gatitos.

A los dos sobrevivientes les puso Yin y Yang. Pero luego él mismo les fue cambiando el nombre. A Yin le decía de cariño Mandela y a Yang, Tomasa. Los dos se los dio Tolín a mi tía Laura. Están chiquitos todavía, no cumplen ni el año.

 

Poskis

Yo siempre pensé en mi tío como un padre y madre simultáneos, incluso antes de esos gatitos. Muchos años antes, por ver cómo era con sus hijas. Y por vivir cerca de él. Él cerca de nosotros. Lo pensé por cómo era con todos: con su mamá, con sus sobrinos, con mi mamá (aunque ya no estuviera casada con mi papá), con sus hermanos, con Tomás y conmigo. Con todas sus mascotas y con las nuestras.

Y a todos nos cambiaba el nombre. El amor del Tolín era, entre otras cosas, ser rebautizado por él. A mi mamá le decía Villela; a Tomás, Hooligan; a mi papá, Corleone; a mi primo Iván, licenciado (el apócope de licenciado en organización de desmadres); a mi tita, mi jefa; a Marcia, Pígüiris; a Valeria, Malaria; a su perrita, Señorita Rivera aunque su nombre original era Carmelita.

A mí me decía Poskis, que era el corto para Abriloskis Poskis, mi nombre completo, según él. Si cierro los ojos, puedo escuchar nítidamente su voz decir mi nombre cada vez.

 

Algo que traslada tu ombligo

Hace tres años compartía yo en Facebook una trilogía de artículos que leí, a favor y en contra de tener hijos. El Tolín me puso el siguiente comentario en el que hablaba acerca de la paternidad: “Bello, bello, bello. Para algunos quizás no, pero para muchos otros, ser papá es algo parecido a ser mamá, algo que traslada tu ombligo hacia tus hijos y te obliga a ser fuerte Poskis. Y lo mejor es que ese sentimiento no se acaba nunca más”.

 

La palabra tristeza

Me parece tan absurdo que el Tolín ya no esté en el mundo. Pasan las horas y se me olvida y luego me acuerdo y no tiene sentido. Y no sé cómo explicar ese sinsentido con palabras. Creo que no se puede. Cuando lo pongo en palabras siento que estoy tratando de convencer a alguien de la tristeza tan grande que siento. Escribo esto y me parece que la misma palabra tristeza se queda corta, hueca, absurda. No es eso lo que siento.

 

Ojo morado

Su bisabuela vivía con ellos. Quiero decir: la bisabuela del Tolín, de mi papá, de Laura y Beto, vivía con ellos cuando eran niños. Era la abuela de mi tita.

La bisabuela una vez fue a ver a sus bisnietos jugar béisbol a la liga Maya (¿o era la Olmeca? mi papá me va a regañar) y cuentan que el Tolín bateó y la bola salió disparada y terminó golpeando el ojo de la bisabuela. Y cuentan también que era ya tan viejita, y que su piel y su circulación estaban tan dañadas, que la bisabuela tuvo el ojo morado hasta el últimos de sus días.

Al Tolín le daba culpa hasta cuando lo contaba de nuevo. Justo la vez que nos fue a ver y yo le pego un bolazo, decía y se tapaba la boca y agitaba la mano así. Su bisabuela le dijo que no se preocupara, que había sido un accidente. Pero cómo no sentirse culpable de haberle dejado el ojo morado a alguien a quien quieres tanto.

 

Dos semanas

El 18 de marzo de este año, el Tolín se murió. Era lunes y era de mañana.

Lo velamos dos días.

Nunca antes para mí había tenido tanto sentido un funeral. De una piel que te arrancan de golpe y una herida que te deja a la intemperie, estar con mis primas, con mi hermano, con mis cuñadas, mamá, tíos, novio, primos, fue como hacer cuerpo otra vez. No mucho ni todo. Como una herida en el cuerpo que se desangra y en espiral hacia adentro se va entramando de nuevo. Nueva piel, mismo cuerpo. Primero una capa apenas perceptible que hace que la sangre deje de correr, así es el primer día.

Luego vendrá la costra.

La marca casi imperceptible de ese dolor.

Y aunque algún día quedará una cicatriz, al fin será de nuevo una piel completa, un cuerpo del que el Tolín no dejará de ser parte nunca.

 

Adiós, Tolín

Sí, Tolín, sabemos que fue sin querer. Nosotros también te perdonamos este moretón que nos vas a dejar por el resto de nuestros días. Lo bueno que también nos dejas todo lo demás.

 

(Epílogo: Pequeñas labores es un libro de Rivka Galchen, publicado por Antílope, con traducción de Jazmina Barrera y Alejandro Zambra. Está compuesto por fragmentos. Es un ensayo que habla sobre la maternidad y se detiene especialmente en la etapa de ser bebé, tan poco abordada en la literatura. La autora equipara a su bebé con una puma. Habla de cuentos clásicos para niños y para adultos. Habla del trabajo diario íntimo y del público. Entrelaza acciones cotidianas y profesionales en su relato, a la vez que con su propia escritura. Si usted es padre o madre, como el Tolín, lea este libro, que le va a encantar. Y si no lo es, léalo igual, que es un libro increíble.)

*La ilustración es de Seo soo-yeon

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