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Atractores extraños: Burbujas para un día de campo

Luigi Amara | 01.01.2017
Atractores extraños: Burbujas para un día de campo

Extender el mantel sobre el pasto. ¿Hay una estampa más precisa, más sugestiva, de los días de campo? ¿Hay un gesto que retrate mejor su dualidad? Viajamos a la intemperie con la ciudad a cuestas; recorremos kilómetros para exponer al sol el contenido de nuestros cajones.

 

Los cubiertos, el tarro de mostaza, incluso el termo, brillan con otra luz sobre el mantel a cuadros del pícnic. Demasiado acostumbrados a la penumbra, se diría que brillan a causa de su propia palidez. ¡Y pensar que hemos de vernos también un poco así, enmohecidos, blancuzcos, deslumbrados, como la botella de vino recién salida del sótano!

 

Todas esas telas y manteles sobre el terreno, ¿no hacen las veces de membrana? Necesitamos algo que regule la invasión del entorno; no únicamente de las hormigas y la tierra, sino del exterior en sí, de su presencia avasallante   y aun de su amenaza. La naturaleza, no importa que nos  hayamos tendido en un camellón en medio del tráfico, parece siempre dispuesta a engullirnos, a colonizarnos.

 

Qué frágil se antoja la burbuja con la que nos internamos en la naturaleza, y qué difícil es en realidad desembarazarse de ella, romperla o dejarla atrás, como si fuera al mismo tiempo coraza y escafandra.

 

Y una vez en el campo, un tanto intoxicados por la pureza del aire, nadie sabe muy bien qué hacer. Damos vueltas, cruzamos las piernas, nos revolvemos, quitamos esa piedrita debajo del mantel. Se diría que cada quien está buscando su puesto, que de un modo oscuro quisiéramos poner en escena célebres cuadros sobre la hierba, ya sea de Monet o de Manet.

 

Los hombres, decía Oscar Wilde, no ven la niebla porque haya niebla, sino por los poetas y pintores que les enseñaron los misterios encantadores de sus efectos (The Decay of Lying). El campo —por ejemplo, el de los alrededores de la Ciudad de México— existe sobre todo en cuadros y viejas fotografías.

 

Cada vez resulta más difícil llegar al campo, cada vez la mancha urbana lo hace parecer un espejismo huidizo, una suerte de dimensión aparte, a la que no conduce ninguna carretera; cada vez más el campo se antoja un paraíso artificial.

 

Después de todo, ¿hay en verdad un campo allá afuera? Se trata, más que nada, de algún tipo de actividad: excursiones en bicicleta, bádminton contra el viento, zambullidas en el riachuelo, caminatas. El campo reducido a una especie de hobby para las ratas de alcantarilla en que nos hemos convertido.

 

La afición por salir a la intemperie, al aire puro, degeneró en el “mal del ímpetu”, ese frenesí campestre que ridiculizó Iván Goncharov. Siglo y medio después ya no se busca la tranquilidad campirana, sino las emociones al límite, los deportes extremos, la tirolesa, ¡el gotcha!

 

Si, para Max Jacob, “el campo es ese lugar donde los pollos se pasean crudos”, ahora, en la era de las granjas industriales, sólo nos cruzamos con excursionistas en bermudas, las piernas lívidas, la carne de gallina.

 

Al parecer, hay una suerte de necesidad de horizonte, una necesidad un tanto “animal” de distancia. Los rebaños, si hay que creer a Henry David Thoreau, procuran siempre nuevos y más amplios pastizales. Volvemos al campo en parte porque nos hace falta profundidad de campo.

 

Dejar atrás el tráfago de la urbe, su neurosis asfaltada, su fragor, en busca de un poco de aire fresco. Y ser recibidos, como le sucedió a Joyce Carol Oates, por un súbito ataque de taquicardia (“Against Nature”).

 

Los días de campo no dejan de ser cómodas excursiones al perímetro de una maceta. Merodeamos a la orilla de la carretera, nos detenemos apenas en los umbrales de los bosques. Viajamos grandes distancias, hundimos tímidamente el dedo en el lodo y, entonces sí, creemos estar en contacto con la naturaleza.

 

Aun si sólo vamos al Bosque de Chapultepec, cargamos con una brújula. Precisamos convencernos de que no estamos en un set.

 

Los fines de semana campestres y su atmósfera de vuelta a la inocencia. Soñamos con desprendernos de la mochila de la civilización, reconciliarnos con los buenos salvajes que fuimos, vegetar en consonancia con la naturaleza. No tardan en despertarnos los mosquitos.

 

Más de la mitad del atractivo de un pícnic radica en los preparativos. Mientras empacamos, mientras tachamos la lista de pendientes, todavía estamos bajo la ilusión de poder situarnos a la orilla del tiempo.

 

Escapar de la corriente de la frase, romper con el estribillo de la rutina, torcerle el cuello al automatismo de la sintaxis. El viejo y cándido entusiasmo de montar nuestro campamento en un paréntesis.

En este país, el encanto de un día de campo depende de la falta de perspectiva. Los niños pueden estar soplando burbujas de jabón a pocos metros de una banda de talabosques o a la vuelta de un sembradío de amapola.

 

El campo como una región de la nostalgia. Esos parajes soleados entre los árboles, esos arroyos todavía cristalinos, ¿no son los mismos que cruzamos cuando niños? ¿No son los que encandilaban a nuestros abuelos? ¿No fue allí donde se encontraron cromañones y neandertales? Haría falta un nuevo gps para no extraviarse entre tantas mistificaciones.

 

Incluso los años trascendentalistas de Thoreau en el bosque no fueron sino un experimento, y el libro resultante, Walden, un ejercicio pionero de ficción. Construyó su cabaña solitaria a un par de kilómetros del pueblo donde nació, en Concord, Massachusetts, casi se podría decir que en el patio trasero de su casa. Y cada tanto regresaba a tomar el té y galletitas.

¿Quién, de niño, después de haber pasado un domingo en la casa del árbol, no volvía diciendo que había estado en el bosque?

 

En toda fogata hay siempre algo de cavernícola: tapetes que remiten a las pieles de bisonte; dificultades de encendido como en los tiempos del pedernal; historias después de una larga cacería (aunque sea de mariposas). ¿Y si se descubriera que ya desde la edad de piedra la comunión frente al fuego consistía en asar bombones?

 

“Soy incapaz de emocionarme con los vegetales”, le escribe Baudelaire a Fernand Desnoyers cuando éste le solicita poemas para una antología sobre la naturaleza. “Nunca creeré que el alma de los dioses habite en las plantas”, le confiesa. Y a cambio de versos sobre “hortalizas sacralizadas”, a cambio de ejercicios de poesía romántica, le envía un par de poemas sobre el ocaso y el amanecer en París, sobre la urbe entendida como estepa o jungla, plagada de bestias feroces que rugen sedientas al salir del trabajo, de tribus de caníbales a la vuelta de la esquina acechando a sus víctimas (Baudelaire, Correspondencia).

 

La naturaleza es una madre que en gran medida hemos inventado. Una madre postiza, una madre a la que imploramos y reverenciamos, a cuyas faldas quisiéramos acogernos cuando nos sentimos huérfanos. Regar las plantas, cultivar un jardín, son los rituales con que nutrimos ese mito.

En la naturaleza no encontramos la menor resonancia. Gritamos en la cañada para escuchar nuestro eco, pero ella no tiene interés en nosotros y, como una enorme boca que bosteza, nos da la espalda.

 

Qué imperturbable parece la superficie del agua antes de arrojarle guijarros; qué insensible se antoja la bóveda celeste ante nuestras alegrías, ante nuestras desdichas. Por eso hacemos incisiones en los troncos y las pencas, por eso tallamos las piedras y escribimos: “Yo estuve aquí”.

 

No falta quien vuelva al campo sólo por el placer de orinar a la intemperie.

 

Paisajes rocosos que nos devuelven a la infancia; árboles que rodeamos como si se tratara de parientes lejanos, de antepasados que eligieron la inmovilidad; y esa sensación un tanto previsible de paz que sobreviene cuando las cigarras se callan y parece que el mundo se hubiera detenido por la acción de un interruptor. Todo lo que encontramos en el campo de algún modo lo hemos llevado allí.

 

¿Quién, al tenderse a contemplar las nubes, no lo ha hecho para mirar de cerca el paso de sus pensamientos?

 

Aplastamos una hormiga con la punta del dedo, medimos nuestra pequeñez contra un sauce majestuoso. Pero la naturaleza no admite esa clase de comparaciones; es un absoluto ante el cual nada de lo humano puede ser medido.

 

Cuando uno se aparta del camino y se pierde en el bosque, corre al primer oasis de cemento.

 

El campo no es más que una superstición de la ciudad. De regreso a casa, pero ya desde la carretera flanqueada por árboles raquíticos, cubiertos de hollín, sentimos que la excursión no tuvo lugar, que todo fue tan fugaz como una burbuja, que nunca estuvimos allí.

 

Volvemos del campo con una rama, una piña fragante, una piedra con forma de montaña. En compensación, como souvenir invertido, aportamos una colilla, un pañuelo sucio, corcholatas.

 

Los restos del pícnic: migajas, botellas vacías, bolsas de plástico. A veces los rescoldos de una fogata. Hoy muchos se preocupan por recogerlos, por no dejar ninguna huella. Sin embargo, en su intrusión, en su presencia contaminante, había también un no sé qué de bucólico.

 

Irse y dejar la mesa puesta sobre el pastizal. Irse y dejar los utensilios, los manteles, las velas —la parte civilizada que hay en nosotros, nuestra mitad enguantada—, a expensas de los elementos, para ver qué pasa. ~

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LUIGI AMARA es poeta, ensayista y editor. Desde 2005 forma parte de la cooperativa Tumbona Ediciones. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 1998, el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2006 y el Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española 2014. Su obra más reciente es Nu)n(ca (Sexto Piso, 2015).

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