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Amigas misteriosas  

Eduardo Langagne | 24.05.2019
Amigas misteriosas  

las amigas misteriosas del poeta,

escribió el joven Nervo.

 

Entre las perlas negras

que el poeta reunió en su juventud

encuentro algunas que ahora pulo,

engasto y renuevo en el collar de mis libros de diciembre.

 

Mis amigas misteriosas

han enviado mensajes hacia el final del año

y al inicio del nuevo.

 

No son exactamente misteriosas,

aunque todas encerraban sus misterios personales

y guardaban para sí

llaves de cofres en los que algunas veces asomé mi rostro.

 

Todos escondemos una llave,

o un manojo de llaves misteriosas y secretas,

claves que cierran el candado.

 

Las amigas se encuentran en un pueblo distante

donde el frío entumece las manos que redactan

 

o en las grandes ciudades congeladas del norte

 

o en el contraste natural de sol y brisa

de un recatado puerto de pocos habitantes

 

o en ciudades del sur del continente

donde el calor hace sudar memorias redentoras.

 

Quién sabe si alguna vez pensaron en su amigo

ante amores que se fueron,

ante amores que no llegaron nunca,

ante amores que todavía no llegan.

 

Ojalá no busques la mujer que encuentres,

me dicta la memoria.

 

Las amigas misteriosas del poeta,

optaron por hombres de un oficio distinto,

volvieron la cabeza hacia otro punto cardinal

o abordaron el regreso a un camino conocido.

 

O la prudencia las llevó a rechazar

mi amargo café de las mañanas

que en su espejo oscuro

reflejaría tal vez su rostro arrepentido.

 

Las amigas del poeta eran libres de elegir

y tomaron la ruta que indicaba su albedrío

sin misterio mayor que el de la vida.

 

El que escribe

agradece íntimamente su presencia afortunada,

valora ese recuerdo que de él tengan

y celebra conservar el de ellas;

admite haberse equivocado cuando se equivocó,

acepta haber dudado alguna vez,

si guardó su corazón en el baúl con llave

y no miró con ojos reposados,

o tal vez nunca entendió que esa sonrisa

era el gesto de la posibilidad.

 

La lealtad lo tuvo resguardado en una mujer,

no desnudó su pecho

y optó por el camino conocido.

 

Interceptó la flecha que el pequeño dios desnudo

tenía lista en el arco tensado y con el ojo en la mirilla alerta.

 

Las amigas misteriosas del poeta, dice el joven Amado,

y no lo dice arrepentido; acaso evocador…

 

 

 

*Poema del libro Verdad posible (FCE, 2014), de Eduardo Langagne, que fue reconocido en 2016 con el Premio José Lezama Lima, de Casa de las Américas, otorgado a obras relevantes escritas por autores de Latinoamérica.

 

 

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Eduardo Langagne es autor de obras como Tiempo ganado (colección Voz viva de México, de la UNAM) y No todas las cosas. Antología personal 1980-2015 (programa editorial del Estado de México).

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