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Taberna: Lo que sea su voluntad  

Fernando Clavijo M. | 01.04.2016
Taberna: Lo que sea su voluntad  
Pocos productos tan contradictorios como el alcohol. Por un lado, base de bebidas que, como el vino, pueden ser el deleite supremo de la boca. Por el otro, veneno para millones de personas.

La historia es conocida: empieza como una leve incomodidad social que se cura con un par de copas alegres, luego desesperadas, y al cabo de un periodo de negación termina en recuperación o muerte. El alcoholismo le cuesta a la sociedad una merma incierta en la productividad, sobrecarga al sistema de salud, muertes y violencia asociadas a borrachos irresponsables, pero, sobre todo, un enorme deterioro del tejido social: la familia sufre.

Puede sonar dramático, pero no es nada junto a las historias que se escuchan en los cerca de 14 mil grupos voluntarios de Alcohólicos Anónimos (aa).1 En una de las pláticas,2 donde la honestidad ganada a costa de innumerables batallas perdidas hace de casi todos oradores sorprendentes, Jorge nos cuenta que su madre, agotada de no conocer su paradero, le hizo una pregunta escalofriante: “¿Por qué no te mueres de una vez, hijo?”.

¿Dónde deja esto al alarde machista —escrito con la perfecta combinación de color y austeridad— de las borracheras de Hemingway?, me pregunto.3 En los clichés sociales, nos diría Barthes en Mythologies, que hacen del vino un fluido vital como la sangre. Fortificante y filosófico, el vino hace de la clasificación del alcohol entre las drogas algo tan borroso como una laguna mental, cubierto como está del prestigio de las ceremonias que ennoblece.

Por supuesto, el brindis con la copa socializada deja de lado la realidad (oligopólica) de un producto de consumo masivo, y lo artesanal se pierde en los grandes números. El consumo nacional de este producto es de 7.7 litros per cápita al año, algo más que los 6.2 litros que constituyen la media mundial. Como es de esperarse, los que más beben son los hombres, aunque curiosamente los resultados de la Quinta Encuesta Nacional de Adicciones (Secretaría de Salud, ss, y Comisión Nacional contra las Adicciones, Conadic) muestran que en la categoría de “abuso/dependencia del alcohol” hay más mujeres bebedoras menores de 18 años que en el grupo de 18-65, lo que quizás hable de un problema emergente.

Nuestro patrón de consumo muestra que son pocos los que beben a diario, y que cerca de 27 millones de mexicanos beben en exceso (cinco copas o más) cuando deciden o tienen oportunidad de beber. El exceso y los problemas sociales asociados son lo que caracterizan al alcohólico según los cuestionarios autoadministrables que hay en internet o en la literatura especializada. En términos médicos y psicológicos, la American Medical Association declaró, en 1956 y 1991, que el alcoholismo es una enfermedad.

La sugerencia de que el alcoholismo es una enfermedad ha creado descontento en diversos críticos, desde Kant hasta South Park, pasando por Nietzsche, ese estandarte de la Voluntad. En Heavy Drinking, Herbert Fingarette advierte que el término alcohólico puede dañar al bebedor en varias maneras: le sirve como excusa (“no puedo hacer nada, soy alcohólico”), tiene un estigma social (“¿cómo te fue en American Airlines?”, me pregunta mi mujer), y crea una profecía autocumplida, pues la vida del “enfermo” siempre será definida por el uso o rechazo de esta droga. Un tratamiento más zen se enfocaría en que el bebedor pensara menos en el alcohol y lograra beber responsablemente en vez de intentar dejarlo de golpe y definitivamente, como lo pide aa (de corte más evangelista).4

Podemos convenir que el alcoholismo es al menos una predisposición congénita que se activa en ciertas condiciones psicológicas y sociales. Es decir, el alcohólico está enfermo pero es responsable. Me gusta el mantra que se repite al final de la sesión de aa: “Yo soy responsable cuando cualquiera pida ayuda”, pues equivale a admitir que, a pesar de lo mucho que se habla de Dios en los famosos 12 pasos escritos por Bill Wilson en 1938, la verdadera fortaleza de esta comunidad se encuentra en la acción voluntaria y la empatía, esas sí definitivamente reconfortantes y adictivas. EstePaís

 

1 Medir la eficacia real de AA es difícil porque la parte “anónima” prohíbe la estadística y porque la causalidad no es clara. En “Does Alcoholics Anonymous Work?” (en Scientific American, marzo de 2011), Scott O. Lilienfeld y Hal Arkowitz ofrecen un “sí” tentativo.

2 Como aprendiz de Palahniuk, soy un impostor, pues no tengo ninguna intención de dejar de recetarme esta particular medicina.

3 Hay ejemplos más afortunados en la literatura: desde la belleza en la intoxicación de Wilde hasta la profunda soledad de un Lowry tambaleante. En The Art of Memoir, Mary Karr relata su recuperación y amistad con David Foster Wallace.

4 Los resultados de AA, con toda su mochería, son difícilmente replicables por una política pública (contando el “Torito”) o un tratamiento psiquiátrico (exceptuando el caso prohibitivamente caro de Finlandia, ver “The Irrationality of Alcoholics Anonymous”, de Gabrielle Glaser, en The Atlantic, abril de 2015).

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Fernando Clavijo M. es consultor independiente y autor del libro cinegético Marismas de Sinaloa.

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