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Atractores extraños: Aquí no pasa nada

Luigi Amara | 07.06.2016
Atractores extraños: Aquí no pasa nada
Con este texto inauguramos la nueva columna de Luigi Amara, quien estará con nosotros cada mes. Le damos la más cordial bienvenida.

Como si el pasado ya no importara, o como si en efecto no hubiera nada que recordar, en las calles de la Ciudad de México apenas hay placas que conmemoran lo sucedido en otras épocas. Tras la publicación de La bala perdida: William S. Burroughs en México, 1949-1952, el libro mítico de Jorge García-Robles sobre el paso turbulento de la generación beat por México, recuerdo haber salido a las calles de la colonia Roma en busca de los sitios en que Burroughs y Kerouac y fugazmente Ginsberg experimentaron con sustancias tóxicas como la escritura; las azoteas o bancas del parque en las que solían maldormir, el lúgubre edificio en el que se representó, con consecuencias funestas, el viejo juego de Guillermo Tell. Mientras miraba con los brazos cruzados la fachada de Monterrey 122, después de que un inquilino azotó la puerta del zaguán en mis narices por entrometido y fisgón, me lamenté de que no hubiera ninguna huella material del paso de estos escritores por la ciudad, a la vez que me decía que, en cualquier caso, habría sido de un gusto algo macabro que el viandante se topara con una inscripción como la siguiente: “Aquí, en 1951, en una tarde de septiembre bañada por la ginebra, al jugar al Guillermo Tell, W. S. Burroughs mató a su esposa Joan por falta de puntería”.

     ¿Quién decide si lo ocurrido en un inmueble o una plaza es de interés público como para merecer la inmortalidad del martillo y el cincel? ¿Se trata acaso de iniciativas privadas que cualquiera puede llevar a cabo? ¿Todo hijo de vecino tiene derecho a colocar una placa celebrando, por ejemplo, la noche inolvidable que pasó ayer? ¿Y qué decir de las infamias y las traiciones, de los actos gratuitos o los complots: ameritan asimismo ser talladas en piedra?

     Sin salir del radio de la colonia Roma, he detectado la placa que señala el domicilio que vio nacer a Fernando del Paso y, desde luego, en Álvaro Obregón, las que dan la bienvenida a la vieja vecindad donde murió Ramón López Velarde de sífilis y neumonía, hoy convertida en la fantasmagórica Casa del Poeta. Pero en esa misma avenida (antes Jalisco) se encontraba el Café de Nadie de los estridentistas (en realidad Café Europa), hoy sin sombra de placa y con muy poca documentación de archivo, como tantas cosas en este país (el establecimiento ostenta ahora un letrero adaptado a los tiempos que corren: “Pan y Circo”). Hasta donde sé, no hay ni un triste aviso en el predio en que se levantaba la mansión de Antonieta Rivas Mercado, ni la menor noticia de los espacios en que Tina Modotti, asistente y modelo de Edward Weston, revelaba sus propias fotografías en la década de los veinte. Tampoco, en los cercanos callejones de la Romita, hay indicio de que allí Buñuel filmó Los olvidados, como si la película hubiera sellado un estigma condenado a perdurar…

     De acuerdo: la posteridad no se parece a una placa en una pared ruinosa, pero tantas fachadas lisas y amnésicas, tantas plazas vaciadas de sus ecos y de lo que podría denominarse un sentido de pertenencia retrospectivo, dan qué pensar sobre la arquitectura de la memoria colectiva, sobre cómo una ciudad reconoce y despliega su pasado, sobre aquello que decide abiertamente recordar y lo que no. Si el espectro comercial de la “ciudad-museo” se cierne sobre las calles cuando desarrollan un alto grado de autoconciencia, cuando zonas enteras se miran día y noche en el espejo de lo que fueron, no hay que pasar por alto, en contrapartida, los peligros de la desmemoria: demoliciones a rajatabla, desnaturalización del temperamento barrial, enmiendas gentrificadoras sin más horizonte que la plusvalía… Si se elaborara el mapa de los edificios que, aun catalogados como de “importancia histórica o cultural”, han sido destruidos en México por la especulación inmobiliaria, regresaría la moda de los pelos de punta.

     En París, ciudad orgullosa y quizá por ello también altamente nostálgica, atestada de placas que recuerdan los HECHOS CON MAYÚSCULAS (“El poeta Charles Baudelaire pasó aquí sus últimos días”; “Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, vivió en esta casa, 1885-1886”), surgió hace pocos años un movimiento guasón y a contracorriente dedicado a colocar aquí y allá, en sitios que no han sido señalados por el dedo avasallante de la historia, placas conmemorativas de lo insulso. Placas más bien risueñas, aunque con tipografías verosímiles, incluso algunas grabadas en piedra, como si se burlaran de su solemnidad y de su parentesco con la lápida mortuoria: “El 17 de abril de 1967 aquí no pasó nada”; “En 1956 nació en este edificio Ivette, un ama de casa incomparable”. Vandálicas o reivindicativas, boutades u homenajes privados, estas placas un tanto absurdas, estos antimonumentos jocosos en inmuebles con poco que contar, celebran la existencia de vidas anónimas en lugares cualesquiera, de sucesos sin importancia en enclaves se diría periféricos ¡en pleno centro de París!, volviendo de alguna forma especiales aquellos lugares que en principio a nadie deberían importar y reivindicando jovialmente los espacios en que se desenvuelve la gente común.

     Pero si en ciudades que llevan mucho tiempo convertidas en marcas, ciudades un tanto tiesas, apabulladas por el peso de su propia historia, llamar la atención de un lugar equis con una cinta como las que usa la policía para la escena del crimen —“sitio anodino - sitio anodino - sitio anodino”— sería una forma de jugar con la noción de insulsez, con la idea de que, puesto que no ha pasado nada memorable, desde la perspectiva turística se trata de auténticos enclaves del crimen, en contraste, en ciudades más desentendidas y olvidadizas como la Ciudad de México, en donde el terreno se reconfigura y cambia de la noche a la mañana, en donde aun los inmuebles participan del sino de lo pasajero y lo desechable —más por codicia y corrupción que por iconoclasia—, quizá, entre tantas lagunas mentales, entre tantos archivos perdidizos o comprados por las universidades gringas, optar por el olvido abona a esa resignación tan nacional de “aquí no ha pasado nada” —a menudo convertida en estrategia: la estrategia del avestruz. No vendría mal, en respuesta, un mínimo de conciencia histórica, una pizca de autocelebración y hasta de la faramalla de contemplarse el ombligo, para lo cual, desde luego, no basta el recurso demodé de tapizar las paredes de placas, aunque al menos eso las acorazaría un poco contra la amenaza de su destrucción.  

 

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LUIGI AMARA (Ciudad de México, 1971) es poeta, ensayista y editor. Desde 2005 forma parte de la cooperativa Tumbona Ediciones. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 1998, el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2006 y el Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española 2014. Su obra más reciente es Nu)n(ca (Sexto Piso, 2015).

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