Mi malinche: ¿somos o no somos selectivamente (+/-) xenófobos?





Si nos preguntamos nosotros los mexicanos, sí, nosotros los mex(ch)icas contemporáneos, quiénes fueron nuestros primeros (in)migrantes, cuál sería la respuesta: los españoles, los franceses, los estadounidenses, los guatemaltecos, los africanos, ¿quiénes?……..No lo sé y aún no busco responderlo; sin embargo, sé que definir teórica y metodológicamente los puntos de partida siempre son el nudo y la base para el conflicto epistemológico, y estoy seguro que hay quienes pasan su vida estudiando y teorizando sobre ello, aquí no se pretende ni remotamente trazar ese tipo de respuestas.
Sin embargo, lo que encontramos en la literatura, son narraciones y construcciones sociales que hablan de conquistadores, de invasores, de hombres y mujeres que ejerciendo la violencia, el poder e ideas de supremacía coronaban y tomaban los territorios, y con ellos, a las personas y sus culturas…. Decía el poeta-ensayista y ensayista-poeta Paz que esta nación es la hija de la chingada, la hija de la Malinche. ¿Si lo somos o lo fuimos?, ambas construcciones e imaginarios societales, históricos y poéticos son tan ciertos como cuestionables.
Nací en 1978, soy generación pre-TLC e hijo de un bizarro jipisimo mexicano que vivió una masacre estudiantil, un Festival de Rock y Ruedas contraculturalmente tarareado en inglés, y donde paradójicamente se creó como ícono histórico la “güera” de Avándaro.
Para mí y mis pares, el concepto de Malinche (malinchismo) -entre los 80 y 90- no significaba nuestro centro u origen, ni otorgábamos a este calificativo el ser o no ser (encarnar) un hijo o hija de la chingada, para nosotros, malinchista nos hablaba culturalmente sobre un encantamiento hacia lo extranjero, materializado en objetos y productos culturales que llegaban del exterior, por ejemplo: la música de Estados Unidos o Inglaterra o los consumibles varios que se unificaban en la categoría de la fayuca: walkman, atari 2006 o tenis Nike…Diría quizá el historiador que al final hablamos de la misma raíz que nutre el ser histórico del malinchismo….y sí, pero hoy el encantamiento y el odio no se dirige hacia el mismo sujeto, hoy, el sujeto es múltiple y se despliega en actitudes y acciones orientadas a discriminar hacia dentro y hacia fuera de la nación, semántica y bajo lógicas contradictorias.
Molesta, enoja e indigna el discurso y las imágenes que en negativo crean de nosotros y nuestra cultura los extranjeros dentro o fuera del país, se les observa y escucha con rabia y desdén, se habla incluso de un “falso o esquizofrénico nacionalismo”. Sin embargo, se vive entre el encantamiento y la indiferencia. Discriminación normalizada. Odios históricos.
Es común y coloquial que se diga: hay que mejorar la raza; te salió lindo aunque está morenito. Es blanquito y alto. Ella es bien trabajadora, aunque es morenita y gordita. Es prieto y chambeador. Indio y guevón. Es una güerita de rancho. Es extranjero viene de España a ver si encuentra trabajo. Es un migrante que viene de El Salvador. Güero vende quesos. Son unas Marías. Andan de migrantes viendo que agarran. Andan de turistas y mochileando. Es chino. Es nacional. Está chafita.
Si la Malinche es o no el espíritu de la nación, y si está o no introyectada en la cultura y el lenguaje, qué tan lejos o tan cerca estamos hoy de avanzar y concebirnos, observarnos, comunicarnos, sabernos, llamarnos y tratarnos abierta, honestamente (y no sólo de manera discursiva o retórica) sólo por nuestros nombres, allende de nuestra nacionalidad u origen, identidad ética, estatus migratorio, clase, color de piel, títulos nobiliarios, estéticas y representaciones.
Migramos, nos movemos, mutamos, somos la diferencia, así somos todos, por qué tenemos tanto miedo.