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#DelVerboToBe: Ouhmar: infancia y hip hop en LA 

Juan Carlos Narváez Gutiérrez | 10.04.2017
#DelVerboToBe: Ouhmar: infancia y hip hop en LA 

“Me llamo Omar Hernández, nací en Tlaxcala, Tlaxcala, tengo 29 años y trabajo de barbero”, así es como se presenta Ouhmar —como le gusta que lo llamen—, pero su historia no comienza ni termina ahí. Para Ouhmar, todo inicia realmente en 1990, cuando con su madre y hermanos cruzó de México a California. De ello, no hay recuerdos, sólo cosas, flashazos que le vienen a la memoria como si fueran parte de un sueño.

 

Ouhmar tenía dos años de edad, cuando su madre decidió salir de Tlaxcala para reunir a toda la familia. Cruzaron por el desierto y luego, en una camioneta tipo Van, llegaron a Los Ángeles, junto con otros migrantes. Por eso, para Ouhmar, Estados Unidos es también su cultura y así lo vive, aun después de su deportación.

 

Yo viví creyendo que donde crecí es a donde yo pertenecía, hasta cierto punto, para mí yo vivía como en México, aunque de niño tampoco pensaba ¿qué era México?, mis amigos eran mexicanos, desde chiquitos… sí había vietnamitas y negros, pero en la esquina había tortillerías, supermercados mexicanos: era México. Vivíamos en un barrio inmigrante, de vietnamitas y mexicanos. Siempre crecimos en departamentos, complejos grandes. Había pandillerismo, […] era una comunidad diversa, había gente ya de generaciones atrás, era un barrio inmigrante. Casi siempre compartimos casa, siempre había familiares, siempre como dos familias donde vivíamos, casi siempre fue así, pues venían familiares de México que se querían mudar a California, iban rotando; como que mis papás siempre quisieron ayudar a sus hermanos, entonces siempre que venían se quedaban con nosotros hasta que encontraban trabajo y podían mudarse. Mi padre —Adalberto— y mi madre siempre trabajaron los dos; cuando él llegó, trabajó soldando barcos, luego en restaurantes, luego en un hotel Ramada con algunos coreanos; mi mamá cuidaba niños y a veces limpiaba casas, hasta que empezó a estudiar cosmetología y poco a poco se metió más en eso hasta que abrió su propio salón y ahora sólo se dedica a eso. Ya no viven en Los Ángeles, se mudaron a Orlando. Bueno, nos mudamos todos a la Florida.

 

La ciudad de Los Ángeles es una ciudad un poco estresante, un poco cara y difícil para vivir. En la escuela, casi siempre conviví con mexicanos, pero después de la primaria, fui a una secundaria en otra ciudad cercana, que era más de clase media y media alta. Una escuela muy diversa, la mitad de la gente eran vietnamitas, afroamericanos y mexicanos, y la otra mitad eran anglosajones, clase media alta. Ahí vi muchos prejuicios, nos veíamos diferentes por como nos vestíamos y el color de piel; éramos muy diferentes, y en esa escuela tuvimos muchos problemas por eso, luego lueg, los gringos nos decían que frijoleros, que mojados, y nosotros, como éramos del barrio, sí nos peleábamos, y usualmente les rompimos la madre. Una vez, golpearon a un gringo muy gacho, y acabó en el hospital, y yo no participé en eso para nada, pero a nosotros ya nos tenían ubicados y nos llamaron a la oficina de la escuela, y ya estaban ahí los policías, y nos empezaron a interrogar de una forma muy arrogante, me querían culpar de cosas que yo no había hecho, y hasta los policías en algún punto como que se frustraron y me dijeron que por qué no me regresaba de donde era. Esa fue una de las primeras cosas de racismo que me tocó y me quedé ¿cómo?, ¿qué le puedo decir a este policía?, es un adulto y es un oficial, pensé “aquí no se puede hablar aunque tengamos la razón”, fue algo muy fuerte. El racismo sí estaba contra nosotros completamente.

 

Yo no hablaba con mi familia mucho sobre lo que pasaba, no me quejaba con mis papás, me quejaba en mi escuela, con mis amigos, porque no estaba chido, no era justo. Luego fui a la highschool, tuve mi momento de rebeldía muy cabrón; al final, ya me iba bien. En una de las escuelas que estuve los maestros te inspiraban, te hablaban directamente, nos hacían escribir casi casi de nuestras vidas, nos daban proyectos y nos inspiró un poco. Nosotros, los estudiantes, los que estábamos en esa escuela, nos guardábamos muchas cosas, no éramos el tipo de personas que hablamos sobre nuestras vidas, sobre nuestras emociones, no estábamos acostumbrados a hablar sobre nuestras cosas; nos hacÍa escribir y leerlo con todos. A mÍ siempre me gustó hacer música, tenía varios amigos en esa escuela; de hecho, mi hermano también estuvo en esa escuela. En esos días nos la pasábamos juntos, éramos un poquito vagos, íbamos a la escuela y después de eso íbamos a la casa de mi amigo y nos gustaba hacer música. La música nos contenía en la casa de mi amigo y no hacíamos otras cosas. Hacíamos hip hop. Éramos unos chamacos totalmente hip-hoperos. Yo era el más chamaco del grupo. Tenía yo una guitarra. Cuando me gradué de la secundaria mi papá me regaló una guitarra; yo sentía que ya sabía algo de música, pero era un poco tímido en participar, ellos eran más grandes, así que sabían un poco más. A todos los conocí desde chico, del mismo barrio, mexicanos, chicanos, pero entre nosotros hablábamos en inglés.

 

Yo nunca pensé, ni me sentí ilegal. En mis recuerdos, en los noventa, no escuchabas que deportaban a gente, aunque fueras ilegal, había más permisos, había licencias de conducir. Todo eso recuerdo, yo nunca crecí con ese miedo (de ser ilegal). Hasta después de 2001, después de septiembre 11, mucha gente comenzó a hablar de eso, empezó a culpar gente; todos andaban muy tensos, después empezaron a quitar permisos, uno tras otro. Fue después de eso que lo sentí, mucha gente, de su coraje, necesitaba apuntar dedos y querían, necesitaban, a alguien a quien culpar, la gente extranjera que no era de ahí.

 

Acabé la highschool. Siempre tuve en mente estudiar música, pero estudiar música allá era muy caro, y no tenía forma para que me prestara el dinero el gobierno, y quizá sí podía pagarlo —porque estudiaba y trabajaba— pero no me parecía la forma en la que tenía que hacer los pagos, no era real para mí. Estaba estancado. Aprendí lo de la barbería y mi mamá me invitó a trabajar con ella. Aprendí desde que estudiaba y luego con muy buenos barberos que trabajaban con mi mamá. Tenía 18, 20 años, pero me sentía un poco estancado, ya me estaba yo cansando de la situación. Estuve como dos años pensando, viendo, ¿qué voy a hacer?

 

Pues decidí mudarme a Canadá. Tenía un cuñado que estaba estudiando en Montreal, y, ah, yo y mi hermano, bueno, entre la familia, planeamos, pero no planeamos tan chido, y pues ahí fue donde la cagamos porque recientemente había pasado, habían quitado el permiso de entrar a Canadá sin visa, con puro pasaporte, y nosotros nos fuimos para Canadá sin saber eso. Todavía traíamos en la mente que podíamos pasar. Estuvimos (mi hermano y yo) en Nueva York unos días, y pues mi cuñado bajó de Montreal y manejamos hasta arriba, y […] ahí nos pararon, y nos dijeron “no pueden entrar”, pero ya estábamos del otro lado casi casi, estábamos por Albany, y […] nos hicieron regresar a los Estados Unidos […]. Prácticamente nos quedamos [en] medio. En Estados Unidos sí nos arrestaron, nos detuvieron, a mí y a mi hermano. A mi cuñado —es puertoriqueño— lo cuestionaron, igual creyeron que era coyote. Nos arrestaron, no nos escuchaban, era una situación muy desagradable; yo sólo escuchaba ruido, no había forma de hacerlos entender de que no éramos criminales; se portaron mal. Yo me calmé, entré en mi propio mundo, traté de mantener mi paz, y bueno, me esposaron a una banca, y como que dije, era tan desagradable y dije: “Ya, al carajo”, ya no quería estar en este mundo, en ese momento. Así que me dormí, me trajeron una cobija, me taparon y ya después de eso, me comenzaron a tratar bien, como que entendieron que yo soy de ahí, soy de Estados Unidos, hasta cierto punto. Empezamos a hablar de futbol americano, a cotorrear; hablábamos como conocidos, eran las cuatro de la mañana y me ofrecieron comida de McDonald’s. Como que se echaron para atrás y se dieron cuenta, no sé, como que pensaron: “este güey es como nosotros”, como que ya me empezaron a hablar con respeto y sentí que sentían mi situación. Sentí eso. Se dieron cuenta de que estaba muy cabrona mi situación. Me tomaron mi información.

 

Luego nos llevaron a una cárcel, ya con más población, estaba yo, literal, en un jump suit naranja, esposado de los pies y de las manos, por estar ilegalmente. Tuvimos la oportunidad de un bail, una fianza, mientras teníamos nuestra fecha de corte. Cuando llegó la fecha, mi abogado habló conmigo, me dijo que estaba muy difícil la situación, sentí que no tenía control de mi vida, así que le pregunté al abogado ¿qué se va a hacer?, así que me dijo: “Tienes la opción de quedarte y luchar tu caso, y si lo pierdes, te deportan y ya no puedes regresar. O te puedes ir voluntariamente, y través de tu hermana, que es ciudadana, podrías aplicar por una residencia”. El abogado me preguntó si tenía yo miedo de regresar a México. Le dije: “No tengo miedo, pero no es lo que quiero, México, no es, allá no está mi vida, o no conozco, no tiene nada que ver conmigo. Pero si esa es mi opción, me regreso”. Fui a corte, el juez igual me dijo si tenía miedo y le dije: “No tengo miedo”; creo que a ellos no les importa las emociones, les importa que estén bien los papeles, pero igual creo que ellos, hasta cierto punto, tampoco tienen control, porque si tuvieran control, verían mi caso, sabrían que regresarme no era algo chido para mí, no era algo así, moralmente correcto, no era natural. Y pues el juez dijo: “Perdón”, y con eso entendí que me tenía que regresar. Mi abogado me dijo […]: “Tienes hasta noviembre para regresarte, si no te van a deportar”. CONTINÚA EN PÁGINA 2

 

 

Fotografías de Ismael Vásquez Bernabé  

 

A los jóvenes que llegaron de muy pequeños a Estados Unidos y que han realizado toda su socialización y se han formado como ciudadanos estadounidenses —aún sin contar con documentación migratoria en regla—, como Ouhmar, se les conoce como la generación intermedia o 1.5, debido a que se encuentran en medio de un proceso de vida donde sus trayectorias y proyectos de vida individuales y profesionales se ven estancados, truncados debido a su condición migratoria. Como Ouhmar, muchos otros jóvenes que se encuentran en esa situación, se han visto en la necesidad de tomar decisiones de movilidad y separación de sus familias para poder replantear su futuro, algunos en México, otros, en otros países. Iniciativas legislativas de los Estados Unidos como el DREAM Act, que se discuten desde hace más de una década, sacarían a aproximadamente 2 millones DE jóvenes que están en condición migratoria irregular de ese vacío.

Ouhmar es músico y barbero. Hoy vive y trabaja en la Ciudad de México.

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