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Boca de lobo: La abuela de las marionetas   

Aníbal Santiago | 13.02.2019
Boca de lobo: La abuela de las marionetas   
Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

La abuela que tuve nunca sustituyó a la estancia infantil. No porque su cuerpo flaquito de mujer mayor le impidiera cuidar a su nieto, sino porque yo vivía demasiado lejos.

Era raro recibir a ese mexicanito procedente de un lejano punto del norte del globo terráqueo, y a ella le costaba resolver la convivencia. Solía quejarse de la vida y hablaba poco, tensa. No es que recibiera en su casa de la ciudad de La Plata a un exótico miembro de una tribu de Kiribati y que por eso se complicara la comunicación, pero mi visita algo de exótico tenía.

Cuando con mi mamá viajábamos desde México a pasar vacaciones con la familia, por la mañana yo bajaba del cuartito donde dormía, cruzaba el patio en el centro de la casa y entraba a la cocina. Sony no era de esas abuelas que despliegan al nieto un parque de diversiones hogareño: pintar, alzar edificios con maderitas o jugar Turista. Yo me sentaba, y ella tomando mate me preparaba leche con chocolate Vascolet. Como conservar la gran casa centenaria suponía un gran esfuerzo, la abuela charlaba cosas cotidianas, nada muy existencial, barriendo, lavando platos, ordenando la alacena. Y para evitar que ese quehacer sin pausa me creara sensación de abandono, me hablaba mirándome de reojo.

Hacía eco de las noticias que desde un aparato emitía Radio Mitre: “es increíble”, resoplaba por alguna de las interminables crisis de la Argentina. La charla se volvía más personal al confiarme sus destrezas. “Corté este pijama de tu abuelo que ya no le servía para hacer estos tres trapitos de cocina que me funcionan muy bien”, “A esta lata vacía de harina la forré de papel de flores y ahora ahí meto galletitas. ¿Viste qué linda?”. Cuando compraron un moderno refrigerador, para no tirar el viejo lo mantuvo en la cocina y en sus repisas acomodó su bibliotequita de gastronomía. A fin de extender la vida de las camisas deshilaba los cuellos manchados y gastados por el tiempo, para luego voltearlos, coserlos y dejar que la tela sana tocara la piel. Y si una media de nylon se rompía y ya era inutilizable, le arrancaba el elástico de la cintura y lo volvía un “agarrador” portátil para libros, cuadernos.

Mi abuela relataba poco su pasado, quizá la desgarraba por dentro. Judía de origen ruso, traducía textos del yddish (el idioma judío del centro-este europeo) al español. Y con su papá tocaba a dueto (ella, piano; él, violín).

Cuando su padre -prestigioso fotógrafo- apenas transitaba por la cuarta década y ella era una adolescente, él decidió quitarse la vida. Desesperado, un día José dejó a su esposa y sus cuatro hijas, entre ellas la más pequeña, mi abuela, para sacarse de encima terribles deudas económicas que herían el día a día familiar. “La muerte de su papá le dejó un dolor y vacío inmensos”, cuenta su hija, mi tía Susana. “Eso la cambió para siempre”, recuerda Alcira, mi mamá.

Al paso de los años mi abuela repetía: “Qué pena que no supimos cómo ayudarlo”. Algo suave y discreto en su mirada, su sonrisa, su modo de ver al mundo, murmuraba una profunda tristeza silenciosa. Por eso me pareció genial que una vez, cuando yo era chico, me contaran que de joven Sony hacía títeres. Mi taciturna abuela había creado muñecos para la alegría.

Una tarde, le dije en esa cocina: “Abuela, ¿me enseñas a fabricar un títere?”. No, respondió: era complicado, no tenía tiempo, no valía la pena.

Meses después, de regreso a México con mamá, el cartero deslizó una carta bajo mi departamento de la colonia Viaducto Piedad. Leí “República Argentina” en las estampillas, mi nombre en el frente y en el remitente vi su nombre: Sonia Peisner. La abrí, saqué el contenido y emocionado desdoblé ante mis ojos un manual colorido que decía: “Instrucciones para hacer una marioneta”.

 

Foto de Sonia Peisner tomada por su papá, el fotógrafo José Peisner, a mediados de los años 20 del siglo pasado

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